Porque sin maíz no hay país, y sin drama tampoco, aparentemente
En un giro argumental que nadie vio venir, pero que todos esperábamos con la misma ansia con la que se espera el segundo acto de una telenovela, el gobierno mexicano ha decidido que, efectivamente, sin maíz no hay país. Qué revelación tan oportuna, considerando que llevamos unos cuantos milenios dependiendo de él. En el marco del Día Nacional del Maíz, un festejo que seguramente compite en emoción con el día de la bandera o el del contador, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo anunció con bombo y platillo la creación de un programa que lleva por nombre esa obviedad monumental.
El programa, que promete ser la salvación de los pequeños productores (o al menos su próxima esperanza burocrática), tiene como objetivo noble y loable generar bienestar. ¡Vaya concepto revolucionario! Lo hará impulsando los maíces nativos a través de acciones tan radicales como… *suspenso*… precios de garantía y la venta de productos como la tortilla. Sí, esa misma que usted se come todas las mañanas. La gran innovación, nos cuentan, es que serán elaborados por los propios productores. Una idea tan revolucionaria que casi parece sacada de, no sé, ¿de la lógica básica de la cadena de suministro?
La Constitución al rescate: Prohibido lo modificado, bienvenido lo ancestral
Y aquí es donde la trama se pone jugosa. Resulta que, en un movimiento que haría palidecer a cualquier superhéroe de comic, el gobierno realizó una reforma constitucional a los artículos 4 y 27. ¿El villano a derrotar? El maíz genéticamente modificado. Imagínense la escena: los transgénicos, con sus capas de mutación genética, tratando de infiltrarse en nuestras sagradas tortillerías. La Constitución, nuestra Carta Magna, se erigió como un muro impenetrable para proteger las más de 60 razas de maíz que hay en el país. Porque, al parecer, confiar en el sentido común de los agricultores y las leyes de mercado no era suficiente; necesitábamos el poder supremo de la ley fundamental de la nación.
La propia Presidenta, en un tono que mezcla la solemnidad de un estadista con la urgencia de una activista, declaró: “Si no hubiéramos puesto en la Constitución que está prohibido en México sembrar maíz transgénico, todas estas variedades estarían en riesgo”. Una afirmación tan contundente que casi hace olvidar que durante décadas estas variedades sobrevivieron sin necesidad de estar mencionadas en un documento legal de 1917. Pero, quiénes somos nosotros para cuestionar el dramático rescate constitucional de una planta que ha sido domesticada durante nueve mil años.
Parece que los pueblos originarios, con su sabiduría milenaria, necesitaban un pequeño empujón legal del siglo XXI para asegurar que su legado no se perdiera. Qué alivio saber que ahora, gracias a un artículo reformado, el maíz criollo puede dormir tranquilo por las noches.
El elenco de apoyo: Secretarias, biodiversidad y un toque de orgullo nacional
Para darle más peso a la narrativa, el equipo de gobierno desplegó a sus mejores talentos. La secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena Ibarra, no se quedó atrás y nos recordó, por si alguien lo había olvidado, que el maíz es identidad, seguridad alimentaria y un símbolo de resistencia. Vaya, y nosotros que pensábamos que era solo un ingrediente para los chilaquiles. Destacó el pequeño detalle de que su domesticación comenzó hace nueve mil años, un proceso que, irónicamente, fue el primer y más exitoso experimento de “modificación genética” dirigida por el ser humano, pero bueno, eso son tecnicismos.
Mientras tanto, la secretaria del Medio Ambiente de la Ciudad de México, Julia Álvarez Icaza, aportó su dosis de datos con una precisión que haría feliz a cualquier profesor de botánica. Nos informó, con la seriedad de quien anuncia el descubrimiento de una nueva partícula subatómica, que en México hay 64 razas de maíz. Sesenta y cuatro. Un número lo suficientemente específico como para sonar impresionante y lo suficientemente grande como para que nadie se ponga a verificarlo. Y remató con la joya de la corona: “México le dio al mundo el cultivo más sembrado a nivel mundial”. Un dato del que, sin duda, podemos enorgullecernos… y del que probablemente seguiremos enorgulleciéndonos mientras importamos millones de toneladas cada año para nuestro consumo. La ironía es un platillo que se sirve frío, y a veces viene acompañado de una tortilla.
El programa se suma así a otras joyas de la corona gubernamental como Producción para el Bienestar y Fertilizante Gratuito. Nombres que suenan tan bien que casi dan ganas de enmarcarlos. La promesa es que muy pronto presentarán un programa “todavía más ambicioso”. Porque si hay algo que caracteriza a la política, es la moderación a la hora de lanzar iniciativas y la sobriedad en el nombramiento de las mismas.
Así que ahí lo tienen. Mientras usted lee esto, quizá con una quesadilla en la mano, sepa que ese maíz no solo está alimentando su cuerpo, sino que es el protagonista de un épico drama constitucional, burocrático y agrícola. Un drama donde los héroes visten traje y corbata, los villanos son microscópicos, y el final feliz… bueno, ese aún está por escribirse en el siguiente ciclo agrícola.
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