Sheinbaum se planta y la geopolítica latinoamericana se pone interesante
Pues sí, amigos, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo decidió que su viernes no sería sobre elegir el menú del fin de semana, sino sobre meter las manos hasta el fondo en el avispero político latinoamericano. Recibió en Palacio Nacional a Guido Croxatto, el abogado defensor de Pedro Castillo, el expresidente de Perú que actualmente está viendo el mundo desde una celda. Y no, no fue una reunión de cortesía para tomar café y hablar del clima. Fue para dejar claro, con mayúsculas y en negritas, que México considera que el señor está injustamente encarcelado.
Imagínense la escena: Palacio Nacional, un abogado peruano, y una presidenta mexicana dispuesta a dar la batalla. No es un spin-off de La Casa de Papel, es la política exterior de la 4T en vivo y a todo color. Sheinbaum no solo expresó su “más profunda solidaridad” con Castillo y su familia, sino que soltó la palabra clave que hace temblar a cualquier gobierno: persecución política. Porque, aparentemente, lo de Castillo no es un simple error judicial, sino un precedente grave para toda la región. ¿Alguien dijo drama?
La jugada en redes y el mensaje para la ONU
Por supuesto, esto no se quedó entre cuatro paredes. La jefa del Ejecutivo federal lo soltó todo en sus redes sociales, porque en el 2025 si no es en TikTok o X, no existe. Y el mensaje fue claro y contundente: la libertad de Pedro Castillo es equivalente a la defensa de la democracia y la dignidad de los pueblos de América Latina y el Caribe. Nada más y nada menos.
Pero ahí no terminó la cosa. Sheinbaum le lanzó la pelota directamente a la cancha de la Organización de las Naciones Unidas. Sí, esa organización que a veces parece un elefante blanco gigante que todos veneran pero nadie sabe muy bien cómo hacerla mover. La mandataria urgió a la ONU a “actuar con decisión” para garantizar el respeto a los derechos humanos y la justicia. Básicamente, le dijo: “¿van a hacer algo o solo van a postear hashtags?”
Este movimiento no es solo un gesto de solidaridad; es una declaración de principios geopolíticos. Sheinbaum está marcando territorio y alineándose con una narrativa muy específica sobre la inestabilidad política en la región. ¿Está México convirtiéndose en el paladín de los líderes latinoamericanos caídos en desgracia? ¿Es una estrategia para posicionarse como la voz de los “oprimidos” por las élites tradicionales? Las preguntas vuelan y los analistas deben estar al borde de un ataque de nervios.
El caso de Castillo es, sin duda, un tema espinoso. Para sus seguidores, es un maestro rural víctima de un golpe de estado encubierto y de la maquinaria judicial de una clase política que nunca lo aceptó. Para sus detractores, es un presidente que intentó disolver el Congreso de manera ilegítima y que por tanto enfrenta las consecuencias de sus actos. En medio de esta polarización, la intervención de Sheinbaum añade leña al fuego y internacionaliza el conflicto.
Lo que es innegable es que la presidenta mexicana no le huye al conflicto. Alzar la voz por Castillo es meterse en un berenjenal lleno de susceptibilidades diplomáticas. Perú podría no tomarse a bien lo que podría interpretar como una intromisión en sus asuntos internos. Pero Sheinbaum, con su característico estilo, parece dispuesta a asumir el riesgo. Parece decir: “la diplomacia tradicional está muerta, amigos, y los que sobrevivan serán los que sepan tuitear con actitud”.
Este episodio redefine, una vez más, el activismo internacional de México bajo la cuarta transformación. No es la primera vez que el gobierno mexicano se pronuncia sobre situaciones políticas internas de otros países, pero la contundencia del mensaje y el alto perfil del caso le dan una weight específica. Sheinbaum no solo está hablando de Castillo; está hablando de un patrón, de una tendencia que, según ella, busca silenciar las voces disidentes en la región mediante el lawfare o uso estratégico del sistema legal con fines políticos.
Al final, el mensaje es claro: México está watching, y no tiene miedo de called out lo que considera injusticias. En la era de la información, la solidaridad es un arma política y Sheinbaum acaba de cargarla frente a las cámaras y ante sus millones de seguidores. El tiempo dirá si esta estrategia rinde frutos diplomáticos o si se convierte en otro frente de batalla cultural en las redes sociales. Por lo pronto, la conversación sobre la democracia en Latinoamérica acaba de ganar un capítulo supremamente interesante.
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