Día 7: La película que ya hemos visto demasiadas veces
Parece que en Washington han descubierto el concepto del déjà vu y les ha encantado. Porque, oh sorpresa, el séptimo día del cierre gubernamental sonó idéntico al primero. Los demócratas, con su eterna fe en que todo se soluciona con más subsidios, claman por negociar las ayudas médicas a punto de expirar. Mientras, los republicanos, en un alarde de flexibilidad digna de un muro de hormigón, afirman que ese tema –y cualquier otro que no sea rendirse a sus pies– no se tocará hasta que el gobierno reabra. Porque, claramente, paralizar el país es la forma más madura de demostrar quién manda.
El corazón del melodrama, o al menos su excusa más reciente, es la siempre polémica Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio (Affordable Care Act o ACA para los amigos). Los demócratas, que parecen creer que el dinero público crece en los árboles, quieren extender unos subsidios para las primas que han hecho que la cobertura médica sea menos dolorosa para millones de personas. Los republicanos, por su parte, insisten con la cantinela de que el sistema subsidiado “no funciona” y debe sufrir recortes. Por supuesto, “no funciona” es un eufemismo elegante para “no nos gusta porque lo impulsó un presidente del partido contrario”.
Un coro de sordos con traje y corbata
En este festival de la terquedad, las declaraciones de los líderes son joyas de la comedia política. El senador Chuck Schumer declaró con solemnidad: “La posición de los demócratas no ha cambiado”. ¡Vaya novedad! En el Capitolio, cambiar de opinión es visto como una debilidad mortal, no como un acto de inteligencia. Schumer añadió que quieren “detener la crisis de atención médica que hará que las primas se disparen”. Una crisis, por cierto, que ellos mismos están avivando al no ceder ni un ápice. Mientras, el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, salió de una reunión con senadores republicanos para proclamar que el partido está “100% unido“. Qué conmovedor. Una unidad perfecta para… bueno, para no hacer absolutamente nada que resuelva el problema.
Y en medio de este espectáculo patético, cientos de miles de trabajadores federales no ven un centavo y los servicios públicos se resienten. Pero, ¿quién necesita un gobierno funcionando cuando puedes tener un pulso partidista de egos? Los demócratas se consuelan pensando que la población está de su lado en su lucha por mantener los subsidios de la era COVID. Lo que no dicen es que la atención médica es el campo de batalla legislativo más intratable, donde encontrar un punto medio es tan probable como ver a un unicornio paseando por el Salón Oval.
Para añadir más condimento a este guiso de incoherencia, resulta que no todos los republicanos cantan en el mismo coro. Algunos, quizás aquellos que han hablado con sus electores, quieren extender la ayuda. Millones de personas que reciben su seguro a través de los mercados de la ACA están a punto de descubrir que sus primas se dispararán el próximo año. Pero muchos de sus colegas se oponen firmemente, viendo en este caos una “oportunidad” dorada para intentar reformar el programa. Porque, ¿qué mejor momento para una reforma compleja que cuando el país está paralizado y la gente está desesperada?
La obsesión que no muere: Obamacare
No se puede entender este circo sin recordar la obsesión republicana con la ACA, la ley emblemática del expresidente Barack Obama. Llevan 15 años criticándola, un aniversario de bodas más tóxico de lo normal. La han debilitado, la han saboteado, pero no han podido alterarla sustancialmente. Y he aquí la ironía suprema: un récord de 24 millones de personas están inscritas actualmente para obtener cobertura médica a través de la ACA, en gran parte gracias a esos subsidios que tanto detestan. Algunos republicanos ven ahora la lucha demócrata como su oportunidad para revisar el tema, poniendo a sus propios líderes en una posición más incómoda que un bailarín de claqué en un campo de minas.
El expresidente Donald Trump, nunca uno para perderse el drama, entró en escena por la puerta grande de las redes sociales. “Con gusto trabajaré con los demócratas en sus fallidas políticas de atención médica“, tuiteó, “pero primero deben permitir que nuestro gobierno reabra“. Una declaración que, por supuesto, se contradecía con comentarios anteriores suyos sobre negociaciones en curso. Porque la coherencia es para perdedores.
Mientras, en el Senado, el líder de la mayoría republicana, John Thune, soltó la perla del día: “puede haber un camino a seguir” en los subsidios, pero “mucho dependerá de dónde se sitúe la Casa Blanca”. Traducción: “No tenemos ni idea de qué hacer y esperamos que alguien más decida por nosotros”. Otros senadores, como Rick Scott, fueron más directos: “El problema con todo esto es Obamacare”. Claro, señor Scott, el problema no es la falta de voluntad para gobernar, sino una ley que lleva más de una década en vigor.
Y Mike Johnson, no contento con el desastre actual, ya hablaba de “cambios bastante drásticos” a la ley que el Congreso podría considerar… una vez que el gobierno reabra. Porque planear grandes reformas para después es fácil; lo difícil es resolver el lío de hoy.
El ‘groundhog day’ bipartidista
Mientras los líderes se dedican al deporte nacional de echarse la culpa, algunos senadores de base de ambos partidos han entablado conversaciones privadas. Qué romántico. El republicano Mike Rounds propone extender los subsidios un año y luego eliminarlos gradualmente. La senadora Susan Collins sugiere avanzar con proyectos de gastos bipartidistas y un compromiso para discutir el tema de la atención médica. Pero, ¡oh, triste realidad! Muchos demócratas dicen que un compromiso no es suficiente, y los republicanos afirman que necesitan reformas más profundas. En otras palabras, las conversaciones están estancadas. ¿A alguien le sorprende?
La joya de la corona la puso el senador Angus King, un independiente que suele votar con los demócratas pero que esta vez apoyó a los republicanos para mantener el gobierno abierto. Amenazó con cambiar su voto a “no” si los republicanos no “ofrecen alguna evidencia sólida de que van a ayudarnos con esta crisis” médica. Por su parte, el senador republicano Markwayne Mullin aseguró que su partido “no cederá“. Y así, en un abrazo mortal de testarudez, el gobierno de la nación más poderosa del mundo sigue cerrado por obras.
En definitiva, lo que tenemos es un pulso de egos donde la salud de millones es el rehén y la ideología es el arma. Una tragicomedia en la que todos actúan como si el tiempo no pasara y los problemas se resolvieran por arte de magia. Mientras, en el mundo real, la gente espera para ver si su seguro de salud se volverá un lujo inalcanzable. Pero, ¿quién piensa en eso cuando hay una batalla política que ganar?
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