El espectáculo del desgobierno, ahora en su aeropuerto más cercano
Parece que Washington ha decidido que la forma más emocionante de viajar es con un toque de suspense soviético: ¿despegará su avión? ¿Hoy? ¿Alguna vez? Los retrasos en los vuelos, esa molesta consecuencia de tener un sistema que funciona, continuaron su racha victoriosa en los aeropuertos de Estados Unidos este domingo. La razón oficial: una “escasez” de controladores de tráfico aéreo. La razón real: el cierre del gobierno, esa brillante estrategia política que ya cumple un mes y que básicamente consiste en que los adultos a cargo decidieron dejar de hacer su trabajo, pero esperan que todos los demás sigan haciendo el suyo… gratis, por supuesto.
El aeropuerto de Newark en Nueva Jersey se llevó la palma dorada de la ineptitud, con retrasos de dos a tres gloriosas horas. ¿Necesitaba una excusa para releer esa novela que siempre pospone? Newark es su lugar. La oficina de Gestión de Emergencias de la Ciudad de Nueva York, en un arranque de sinceridad poco común, advirtió en la red social X que la congestión en Newark es como un virus contagioso y se extiende a los otros aeropuertos de la región. Su consejo para los viajeros fue un monumento al eufemismo: “deben esperar cambios en el horario, retenciones en las puertas y conexiones perdidas”. Vamos, que su viaje de negocios se puede convertir fácilmente en una odisea kafkiana con olor a comida de aeropuerto.
Un país, muchos aeropuertos, y el mismo desastre
Pero no pensemos que Newark sufre en soledad. Oh, no. El caos es democrático y se reparte por toda la geografía. El Aeropuerto Intercontinental George Bush en Houston, el Aeropuerto Internacional de Dallas Fort Worth y el célebre O´Hare de Chicago también se sumaron a la fiesta, experimentando docenas de retrasos y alguna que otra cancelación, para darle emoción. Les siguieron en este desfile de la incompetencia los principales terminales aéreos de San Francisco, Los Ángeles, Denver y Miami, según los datos de FlightAware. Es reconfortante ver tanta unidad nacional, aunque sea alrededor de un colapso.
Y en medio de este panorama desolador, emerge la figura del secretario de Transporte, Sean Duffy, quien ha estado advirtiendo con la calma de un profeta del apocalipsis que los viajeros verán más interrupciones en los vuelos cuanto más tiempo pasen los controladores sin recibir un sueldo. Una idea revolucionaria, sin duda: la gente trabaja mejor cuando le pagan. Quién lo hubiera imaginado.
Duffy, en su intervención dominical en “Face the Nation” de CBS, soltó perlas de sabiduría burocrática: “Trabajamos horas extras para asegurarnos de que el sistema sea seguro. Y reduciremos el tráfico, verán retrasos, cancelaremos vuelos para asegurarnos de que el sistema sea seguro”. Una lógica impecable: para que nada se caiga, lo desmontamos nosotros primero. Lo más hilarante fue su declaración de que no planea despedir a los controladores que no se presenten a trabajar. “Son gente que está tomando decisiones para alimentar a sus familias, no los voy a despedir”, indicó el secretario. “Necesitan apoyo, necesitan dinero, necesitan un cheque de pago. No necesitan ser despedidos”. Qué detalle más humano, especialmente si recordamos que a principios de octubre, el mismo Duffy les había advertido que reportarse enfermos les podía costar el empleo. La coherencia, al parecer, también está en huelga.
El detalle que convierte esta farsa en tragedia griega es que casi 13.000 controladores de tráfico aéreo han estado trabajando sin paga durante semanas, según la propia Administración Federal de Aviación (FAA). Incluso un pequeño número de ausencias causa estragos porque la agencia ya arrastraba una escasez crítica de unos 3.000 controladores antes de que empezara este circo. Es como si un equipo de fútbol ya jugara con dos jugadores menos y ahora, además, les piden que paguen por el privilegio de correr en el campo.
Las interrupciones en la aviación comercial son la demostración perfecta de que el desgobierno tiene consecuencias muy tangibles. Mientras los políticos se enredan en sus batallas ideológicas, miles de personas ven cómo sus planes, su dinero y su paciencia se esfuman en una sala de espera. Un recordatorio de que la próxima vez que vote, tal vez quiera pensar en quién es más probable que le garantice que su avión despegue a tiempo.
¿Le ha gustado este viaje por el absurdo de la gestión pública?Compártalo en sus redes sociales y ayude a que más viajeros estén preparados para el caos, o explore más contenido sobre las crisis que definen nuestro tiempo.




