Ah, la solidaridad internacional. Esa bella costumbre de protestar por los males de países lejanos mientras se ignora olímpicamente el drama de quien viene de allí. Pues bien, en el pintoresco zócalo de Cuernavaca, Morelos, un grupo de conciencias inquietas decidió hacer su aporte a la geopolítica global. Su misión del día: **marchar contra la “incursión” de Estados Unidos en Venezuela**. Imagínense la escena: banderas desplegadas, consignas antiimperialistas al aire y una certeza moral a prueba de balas. Todo perfecto, hasta que la realidad, con acento venezolano, decidió colarse en la foto.
Los organizadores, una mezcla de colectivos sociales y sindicales que, uno supone, tienen agendas locales más que urgentes, encontraron tiempo para enfocarse en la situación bolivariana. **Extendieron una bandera de Venezuela y declaraban a la prensa su firme rechazo al dominio yanqui**. El guión estaba escrito, el drama listo para el telediario. Pero he aquí que el universo, con su maravilloso sentido del humor, les envió un *plot twist* con patas. Una mujer, acompañada de una niña (porque ¿qué mejor escenario para un debate geopolítico que uno que incluya menores?), se detuvo frente al coro de indignación selectiva. Y no era cualquier turista: **”Yo sí soy venezolana y sé lo que se padece; ustedes no saben lo que se sufre. En Venezuela no hubo una invasión”**, soltó, destrozando con una frase el cuidadoso montaje de la protesta. La ironía era tan densa que se podía cortar con un cuchillo: manifestantes mexicanos explicándole a una venezolana lo que pasa en Venezuela.
### El surrealista diálogo de sordos (con testigos)
¿Qué motivaba esta peculiar protesta en el corazón de Morelos? Según los convocantes, una noble lucha contra el **imperialismo** y una hipotética invasión a Venezuela. El representante de la Comisión de Derechos Humanos local, **José Martínez Cruz**, intentó defender la postura con el clásico argumento de desvío: **que México también fue víctima de EE.UU. cuando perdió territorio**. Una jugada maestra, porque nada aclara la situación actual de Caracas como recordar la Guerra de 1847. La mujer venezolana, poco impresionada por esta clase de historia aplicada, insistió en el pequeño detalle que los manifestantes parecían pasar por alto: **no hay tanques estadounidenses en las calles de Caracas**. Su molestia era palpable, nacida no de un manual de ideología, sino de la experiencia directa de vivir “bajo el actual régimen”. Ella, curiosamente, se declaró conforme con los acontecimientos en su país, lo que añade otra capa de complejidad a este enredo. ¿Era una defensora del gobierno de Maduro frustrada por la narrativa errónea, o simplemente alguien harta de que hablen por ella?
La reacción de la ciudadana fue un recordatorio perfecto de lo absurdo que puede llegar a ser el activismo de salón (o de explanada). **Los colectivos protestaban “en solidaridad con Venezuela” y “en favor del presidente Nicolás Maduro”**, pero cuando una voz genuina de ese mismo país les espetó su realidad, el diálogo se convirtió en un monólogo cruzado. La mujer acusó a los manifestantes de **”desconocer la realidad”** que se vive allí, un golpe bajo a la credibilidad de cualquier protesta de solidaridad. ¿Cuál es el protocolo, queridos activistas, cuando la persona por la que dices luchar te dice que estás equivocado? ¿Cambias de consigna, le pides disculpas, o recurres a eventos del siglo XIX para justificarte?
El episodio es una joya de contradicciones modernas. Hablamos de la **globalización de la indignación**, donde es más fácil adoptar causas exóticas que enfrentar los problemas del patio trasero. De la **supremacía de la narrativa sobre los hechos**, donde una idea fija sobre una invasión imaginada se impone al testimonio de una persona real. Y, por supuesto, de la **teatralización de la política**, donde una protesta se convierte en un escenario listo para ser interrumpido por la vida misma, en forma de una mujer con cosas más importantes que hacer que escuchar lecciones de extraños bienintencionados. Al final, la verdadera protesta quizás no fue la organizada, sino la espontánea: un grito contra la simplificación, la apropiación y la arrogancia de creer que se puede entender (y vociferar) el dolor ajeno sin siquiera escucharlo.
¿Te divirtió este choque entre la teoría y la realidad? **Compártelo en tus redes y dinos sobre qué otro “diálogo de sordos” global te gustaría que analizáramos con una lupa (y una sonrisa) irónica.**




