El silencio de las refresqueras
En el gran teatro de la política pública, a veces lo que no se dice es más revelador que los discursos. La presidenta Claudia Sheinbaum acaba de soltar una bomba de silencio: las grandes empresas de bebidas y snacks no han presentado una sola queja formal para revertir las restricciones en las escuelas.
“Hemos hablado mucho con todas las refresqueras y están de acuerdo. No ha habido en las reuniones ninguna solicitud para que regresen los refrescos o incluso los dulces”,
Esa fue su declaración contundente en la mañanera. Piensen en el peso de esa frase. Hablamos de una industria gigantesca, con un poder de lobby histórico, que parece estar aceptando sin chistar que sus productos sean limitados en uno de sus mercados clave: los niños durante el horario escolar.
¿Estrategia o resignación? Es la pregunta del millón.
Una regulación con límites claros
Sheinbaum fue muy clara en marcar la cancha. Esto no es una prohibición absoluta, como algunos podrían malinterpretar. Es una regulación con un objetivo preciso.
“No es que se prohíba el refresco; lo que estamos haciendo es limitar el consumo en las escuelas. Ya fuera del horario escolar, bajo supervisión de la familia, pueden decidir”,
explicó. La batalla se libra dentro del plantel educativo. Fuera de él, la decisión vuelve al ámbito familiar.
El mensaje es claro: el Estado pone un límite en el espacio que controla (la escuela) para proteger la salud infantil, pero no pretende invadir la cocina de cada hogar. Es una línea fina, pero crucial.
Aquí está el dato político jugoso: si las empresas no se oponen abiertamente, ¿es porque ven imposible ganar esta batalla de imagen? ¿O porque están negociando algo tras bambalinas? En este teatro, la falta de gritos desde el escenario a veces significa que la pelea real está ocurriendo entre bastidores.
Lo cierto es que, por ahora, las medidas siguen en pie. Y el silencio de las grandes marcas habla más fuerte que cualquier comunicado de prensa.




