El día que las carreteras respiraron
Los números cuentan una historia de tensión que se desinfla. Al amanecer, once bloqueos estrangulaban nueve estados. Al anochecer, solo cinco puntos seguían cerrados en otras tantas entidades. La diferencia se llama mesas de diálogo.
“Se desplegó una estrategia de atención basada en el diálogo directo”, informó la Secretaría de Gobernación.
¿El motivo del caos inicial? Una tormenta perfecta que golpea al campo y al transporte. Los productores y los operadores de carga están hasta la madre. Los costos se disparan: insumos, combustibles, peajes. La rentabilidad se esfuma y con ella, el sustento.
Su grito de auxilio tomó la forma más contundente: cerrar carreteras federales. Parcial o totalmente. El resultado fue previsible: tráfico colapsado, traslados eternos, rutas de mercancías convertidas en pesadillas logísticas.
Pero aquí viene el giro argumental. Mientras algunos esperaban un choque frontal, el gobierno optó por sentarse a hablar. Coordinación con autoridades estatales, reuniones sectoriales. Y funcionó.
Poco a poco, a lo largo del lunes, los conos y las pancartas empezaron a retirarse. Las vías volvieron a respirar. No fue magia, fue negociación.
Para la tarde, el mapa del conflicto se había reducido pero no desaparecido. Los focos rojos seguían encendidos en Mexicali, Guanajuato, Michoacán, Tlaxcala y Morelos. Puntos neurálgicos para la conectividad y el flujo de mercancías.
El mensaje final del gobierno es claro y lo repite como un mantra:
“Privilegiar el diálogo institucional y liberar las vialidades”.
La función continúa. El telón no ha caído del todo. Pero por hoy, la vía del diálogo le ganó a la de la fuerza bruta. Veremos cuánto dura el acto.




