Una Exoneración que Sabe a Poco para el Hermano Predilecto
Parece que ser exonerado por la máxima autoridad electoral del país simplemente no es suficiente. Pío López Obrador, en un giro que nadie vio venir (o quizá todos), ha decidido que el veredicto de inocencia del INE es apenas el aperitivo. Lo que él realmente desea para saciar su apetito de justicia es un menú completo que incluya, como plato fuerte, una suculenta disculpa pública y, de postre, quién sabe qué más. Porque claro, después de que te pillen en vídeo recibiendo fajos de billetes como si fueran paquetes de galletas, lo mínimo que puedes pedir es que te pidan perdón por haberlo visto.
El caso, que ha alimentado la crónica nacional desde que en agosto de 2020 se viralizaran esas imágenes, toma ahora un cariz tragicómico. Mientras el ciudadano común y corriente se sentiría aliviado por lavar su nombre, el hermano del ex Presidente Andrés Manuel López Obrador eleva la apuesta. Argumenta que todo fue, atención al eufemismo, un “vil montaje mediático“. Una frase que, hay que reconocer, tiene más estilo que simplemente decir “me tendieron una trampa”. Añadió la joya de la “descontextualización maliciosa“, porque ¿qué mejor manera de describir recibir dinero en efectivo que alegando que se sacó de contexto? Quizá el contexto era una subasta de arte abstracto y los billetes eran en realidad obras de arte conceptual. Todo es posible.
El Irreparable Daño de ser Grabado con las Manos en la Masa
En un mensaje que raya lo performático, Pío López se lanza a detallar el sufrimiento padecido. No contento con la absolución, expone que el “daño emocional, biológico, social y moral” infligido a su persona y sus seres queridos es de una magnitud tan colosal que ninguna disculpa bastará para repararlo. El daño biológico, especialmente, es una categoría novedosa. Uno se pregunta si el estrés de ser grabado recibiendo efectivo alteró su pH sanguíneo o si el peso moral de los billetes le afectó al sistema inmunológico. La ciencia, sin duda, estará investigándolo.
Pero no se queda en la queja existencial. El hombre de acción ha pasado a los hechos. Ha emprendido una demanda por daño moral contra el periodista Carlos Loret de Mola, el mensajero que osó mostrar el mensaje en su espacio de Latinus. La cantidad demandada es tan modesta y proporcional como un yate en un estanque: 200 millones de pesos. Una cifra que, seguramente, calculó sumando el dolor por cada pixel de los vídeos que se viralizaron. Es una estrategia audaz, porque ¿qué mejor manera de demostrar que el dinero no es lo importante que demandando una cantidad estratosférica de él?
La situación es un dechado de ironías. Mientras desde la tribuna oficial se ha criticado incessantemente a la “prensa fifí” y al “conservadurismo”, aquí tenemos a un familiar directo del principal abanderado de esa retórica utilizando las herramientas legales del sistema para buscar reparación. El mismo sistema que, según el discurso, está podrido y es injusto. Pero claro, una cosa es la teoría y otra muy distinta es la práctica, especialmente cuando te graban con las manos en la masa… o en el fajo de billetes.
Al final, el ciudadano observa el espectáculo con una mezcla de asombro y resignación. Es la clase de trama que ni las mejores series de streaming se atreverían a producir por parecer demasiado exagerada. Un recordatorio de que, en la política nacional, la realidad no solo supera a la ficción, sino que la ridiculiza por excesivamente tímida.
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