Otro capítulo sangriento en Morelos
Ocho cuerpos. Siete hombres y una mujer. Esa es la cuenta macabra que dejó la madrugada del domingo en Anenecuilco, Morelos. El escenario: un bar clandestino llamado ‘El Rincón de la Banda’. La hora: las 4:30 AM, cuando los sujetos armados decidieron que era momento de abrir fuego.
Los vecinos, como siempre, fueron los primeros testigos. Escucharon las detonaciones y dieron la voz de alarma. Pero para cuando llegaron el Ejército y la Guardia Nacional, los agresores ya se habían esfumado. Solo dejaron el rastro habitual: cuerpos sin identificar y preguntas sin respuesta.
Las autoridades no han confirmado el móvil del ataque ni la identidad de los responsables.
Claro que no. ¿Para qué apresurarse? El gobierno estatal nos informa, con esa calma burocrática que tanto nos encanta, que ‘serán las instancias de procuración de justicia las encargadas de esclarecer lo ocurrido’. Muy bien. Tomemos nota.
La normalización de lo anormal
Morelos sigue siendo ese pequeño estado con grandes números rojos. A pesar de su tamaño, se mantiene tercamente entre los más violentos del país. Los homicidios son moneda corriente y los feminicidios una epidemia que ya generó protestas sociales.
Pero hoy toca hablar de ocho muertos en un bar ilegal. Ocho vidas truncadas mientras el crimen organizado sigue marcando el ritmo. Las autoridades resguardan el lugar, como si eso fuera consuelo para quienes ya no están.
La memoria es corta, pero los patrones son largos. Y en Morelos, el patrón se repite con una regularidad deprimente.




