La cruda realidad detrás del Día Mundial del Autismo
Otro dos de abril, otro discurso oficial sobre concienciación. Mientras los políticos se toman la foto, en México unas 400,000 personas menores de 18 años con Trastorno del Espectro Autista (TEA) esperan que las promesas se materialicen.
El senador Emmanuel Reyes lo admitió con esa elegancia burocrática que tanto me fascina: el problema ya no es la norma, es la implementación. Traducción: tenemos una ley bonita desde 2015 que nadie aplica bien.
“El principal reto hoy no es únicamente normativo, sino de implementación efectiva y coordinación institucional”, dijo el senador.
Ahí está. La confesión oficial. La Ley General para la Atención y Protección a Personas con la Condición del Espectro Autista existe en el papel. Garantiza diagnóstico oportuno, educación inclusiva, integración laboral. Suena maravilloso hasta que intentas acceder a esos derechos.
La OMS define el autismo como un conjunto diverso de afecciones. Esa diversidad exige respuestas públicas complejas y personalizadas. Lo que tenemos son instituciones que se pasan la pelota mientras las familias navegan solas un laberinto sin salida.
Uno de cada 115 niños mexicanos presenta TEA. Esa estadística debería ser una llamada de emergencia sanitaria y social permanente, no un dato para mencionar una vez al año.
La memoria histórica es cruel con estos casos. ¿Recuerdan cuántas leyes progresistas han muerto en el altar de la mala ejecución? Esta podría ser la siguiente si seguimos aplaudiendo las intenciones e ignorando los resultados.
La verdadera inclusión no se decreta, se construye día a día con recursos, capacitación y voluntad política real. Hasta ahora, solo hemos visto lo primero.




