El teatro de las desapariciones tiene un nuevo acto
Y el guion es desgarrador. Mientras la ONU prepara llevar el caso de México ante su Asamblea General, dos comisiones de derechos humanos en el país se miran como rivales en escena.
Una rechaza el informe. La otra pide diálogo. Y en medio, miles de familias que siguen esperando.
“Se basa en posturas sesgadas de organizaciones no gubernamentales”
Esa fue la línea dura de la CNDH, encabezada por Rosario Piedra. Descalificaron el reporte del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU. Argumentan que no se agotaron las instancias nacionales primero.
Pero hay un dato que duele: el comité encontró indicios “fundados” de que estas desapariciones son generalizadas. Suficiente para escalar el caso al máximo nivel internacional.
Mientras tanto, desde la CDHCM capitalina, María Dolores González Saravia Calderón marca otro tono:
“Se requiere mantener una disposición abierta al escrutinio y a la cooperación técnica”
Aquí está el conflicto dramático: una institución que rechaza la crítica externa versus otra que la ve como oportunidad. ¿Protección de imagen o búsqueda real de soluciones?
El informe de la ONU es claro: aunque no halló evidencia de una política federal deliberada para cometer desapariciones, sí documentó casos con participación directa o autorización de funcionarios.
Reconoce esfuerzos del Estado, pero los considera “insuficientes frente a la magnitud del problema”. La frialdad burocrática de esa frase esconde tragedias personales sin fin.
Mi padre me enseñó que la política afecta la vida diaria. Hoy pienso en esas familias que revisan listados, que marchan con fotos, que esperan noticias que nunca llegan.
La CDHCM al menos anuncia coordinación entre la Comisión de Búsqueda y la fiscalía local. Hablan de gabinetes especiales y procesos mejorados. Pero como bien señalan:
“Estos esfuerzos deben fortalecerse y traducirse en resultados”
Ahí está el meollo. En este teatro político donde unos actores discuten procedimientos, otros lloran ausencias reales. La ONU eleva el volumen del reclamo internacional.
Y México queda ante un espejo incómodo: ¿seguiremos discutiendo quién tiene razón o empezaremos a encontrar a los desaparecidos?




