El expresidente y su “inversión conjunta” con empresarios de dudosa moral
Ah, la política mexicana. Nunca decepciona cuando se trata de escándalos que parecen sacados de un guion de narcoserie. Resulta que Enrique Peña Nieto, ese expresidente que dejó más dudas que logros, habría recibido 25 millones de dólares de dos empresarios israelíes, Avishai Neriah y Uri Ansbacher, durante su mandato (2012-2018). ¿La razón? Pues, según ellos, para “ganar contratos jugosos” en su gobierno. Vamos, un soborno con nombre y apellido, pero disfrazado de “inversión conjunta”. Qué creativos, ¿no?
El arte de comprar gobiernos sin que parezca compra
Según el medio israelí The Marker, este delicioso chisme salió a la luz gracias a una disputa legal entre los dos empresarios, quienes, en un arranque de sinceridad involuntaria, firmaron un acuerdo en 2024 donde mencionaban su “relación especial” con el exmandatario. Claro, para no ser tan obvios, lo llamaron “N” en los documentos. Porque, ¿qué mejor manera de ocultar un soborno que usando iniciales como si fuera un mal thriller político?
Lo mejor de todo es que Ansbacher tuvo la brillante idea de reclamar la devolución de la mitad del dinero (12.5 millones, por si las matemáticas no son lo tuyo). Pero, oh sorpresa, los árbitros le dijeron algo así como: “Amigo, si ya te dieron contratos millonarios, ¿qué más quieres? ¿Que te devuelvan el dinero y te den las gracias?”. Vaya negociantes.
Y aquí viene lo más divertido: a Peña Nieto no solo lo llamaron “N”, sino también “el N electo” en 2012. ¿Acaso pensaban que estaban en una película de espías? Lo único que faltó fue un código secreto tipo “el águila ha aterrizado”. Eso sí, en diciembre de 2018, cuando terminó su sexenio, el apodo se actualizó a “el N sustituido”. Qué detallitos.
¿Y los 25 millones? Ah, eso no lo sabemos… pero imaginemos
El reportaje no aclara cómo se gastaron esos millones (qué decepción), pero una “fuente anónima” sugirió que podrían haber financiado gastos políticos, como su campaña presidencial. Vamos, que en lugar de pedir donaciones como el común de los mortales, preferían el método “llévate el contrato y dame un apartado en Suiza”. Eficiencia pura.
Lo que sí sabemos es que entre esos contratos estaba la compra de Pegasus, ese software espía que luego usaron para espiar hasta a la tía Margarita. Pero, claro, eso fue solo una coincidencia. Total, ¿qué presidente no necesita un sistema de vigilancia masiva pagado con dinero opaco? Cosas normales.
¿Moraleja? Si vas a sobornar a un presidente, al menos asegúrate de que no haya documentos firmados. Y si los hay, llámalo “N” para que suene más misterioso.
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