Las calles son nuestras, la justicia no
Miles de mujeres volvieron a teñir de morado las avenidas este 8M. No era una celebración. Era un grito colectivo contra una realidad que duele: la violencia de género sigue siendo una pandemia sin vacuna en Latinoamérica.
Desde Buenos Aires hasta Ciudad de México, las consignas eran las mismas. “¡Ni una menos!” resonaba frente a fiscalías y palacios de gobierno. La foto que lo dice todo viene de La Paz, Bolivia: mujeres mostrando retratos de agresores. No son carteles, son pruebas ambulantes de un sistema que suele mirar para otro lado.
“Derechos, justicia y acción por y para todas”, ese era el lema oficial de la ONU. En las calles, el mensaje era más directo: basta de discursos, queremos resultados.
El miedo al retroceso
Lo que más preocupa a las colectivas no es solo lo que no avanza, sino lo que podría perderse. El giro político hacia la derecha en varios países pone en la mira conquistas que costaron sangre y años.
Organizaciones civiles lanzan la alerta: programas sociales, políticas de protección, leyes laborales… todo está bajo revisión con los nuevos gobiernos conservadores. La memoria histórica duele: sabemos cómo empiezan estos retrocesos.
Claro, hay excepciones. México presume medidas bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum: igualdad salarial, fiscalías obligadas a investigar con perspectiva de género. Suena bien sobre el papel. Pero las cifras de feminicidios siguen ahí, tercas, implacables.
La paradoja es amarga: mientras unos gobiernos prometen avanzar, el contexto regional empuja hacia atrás. Y en medio, siempre ellas. Las que marchan. Las que exigen. Las que recuerdan que ningún derecho se concede, se conquista.
Este 8M dejó claro algo: la indignación ya no cabe en un hashtag. Necesita calles.




