El contraste que duele
Mientras el hemiciclo se teñía de morado por el Día Internacional de la Mujer, las palabras pintaban dos Méxicos irreconciliables. Uno, el de los discursos oficiales que celebran avances. Otro, el de las cifras que escuecen.
“Yo prefiero hablar de Rosario, la niña de 14 años que en Oaxaca la vendieron por un marrano, un guajolote y 500 pesos”
La senadora panista Laura Esquivel lanzó ese dardo directo al corazón de la ceremonia. Su intervención rompió el guion de autofelicitaciones para recordar qué se conmemora realmente cada 8M: la lucha contra un sistema que sigue fallando.
Las cifras que nadie quiere ver
Mely Romero del PRI trajo los números a la tribuna: más de 133 mil personas desaparecidas, casi 30 mil son mujeres. De los menores desaparecidos, más de la mitad son niñas y adolescentes. Datos que convierten cualquier celebración en acto de cinismo.
Más allá del color de la ropa o los reconocimientos a la primera presidenta, Liz Sánchez del PT señaló lo esencial:
“La violencia que se vive en el silencio de los hogares. La que se esconde en las brechas salariales”
El reconocimiento incómodo
Hasta Laura Itzel Castillo, presidenta del Senado por Morena, admitió ante la secretaria Citlalli Hernández que la igualdad sustantiva sigue siendo “tarea pendiente”. Un reconocimiento tibio frente a la emergencia nacional.
Lo curioso: todos los partidos coinciden en el diagnóstico pero difieren en el remedio. Mientras unos enfatizan los logros simbólicos, otros insisten en que sin justicia real no hay nada que celebrar.
La sesión dejó claro algo: México tiene una presidenta mujer pero sigue teniendo niñas como Rosario. Y entre ambos extremos, un abismo que ningún discurso morado puede cerrar.




