Un amasijo de violencia que nadie pidió
Parece que en México ni amasando pan se está a salvo. En un giro macabro de los aconmenazas que acechan al país, un ataque armado convirtió una humilde panadería en la capital de Colima en el escenario de una masacre con un saldo de seis personas fallecidas y una más lesionada. Todos ellos, por si acaso alguien lo dudaba, eran empleados del establecimiento. Porque qué mejor momento para ajustar cuentas que a las 5:30 de la mañana, cuando tus manos están cubiertas de harina y tu única arma es un rodante.
El multihomicidio, un término tan frío como la sangre derramada, ocurrió en la madrugada de ayer. Los reportes oficiales, siempre tan puntuales para detallar la hora pero tan vagos para nombrar responsables, sitúan la tragedia alrededor de las 5:30 horas en la panadería El Pichón, ubicada en Avenida Pino Suárez, en la Colonia Placetas. Porque nada dice “vecindario tranquilo” como una balacera al amanecer.
La brutalidad sobre ruedas: así fue el ataque
Hombres armados, porque nunca son “sujetos” o “ciudadanos”, irrumpieron en el local y dispararon contra los trabajadores mientras se encontraban en plena producción de pan. La agresión, ejecutada con precisión criminal, provocó la muerte de tres personas en el acto, en el mismo lugar donde horas después deberían haberse estado vendiendo conchas y cuernos. Las otras tres víctimas fallecieron posteriormente, mientras recibían atención médica en distintos hospitales de la ciudad. El lesionado, por su parte, fue trasladado a un nosocomio de la zona con heridas de gravedad. Se especula, con un humor negro inevitable, que el único thing que subió esa madrugada fue el nivel de horror, no la masa.
Tras el ataque, la Mesa de Coordinación Estatal para la Construcción de Paz y Seguridad de Colima informó que se implementó un operativo conjunto para dar con los responsables. ¡Sorpresa! En el despliegue participan elementos de la Secretaría de Seguridad Pública, Ejército, Marina y Guardia Nacional, así como de la Fiscalía General del Estado. Hasta el momento, no se han reportado detenciones relacionadas con el caso. ¿A alguien le extraña? Es como anunciar una cacería humana después de que los lobos ya han abandonado el bosque y se han comido a todos los corderos.
El duelo de un negocio que solo quería hornear
La panadería, identificada a nivel local como un negocio familiar con más de tres décadas de tradición, emitió un comunicado en sus redes sociales confirmando que fueron “víctimas de la inseguridad” que atraviesa el estado. Una frase que se ha convertido en el lema no oficial de medio México. “No hay palabras para expresar este acontecimiento. A nuestros clientes y amigos, les agradecemos su preocupación y sus muestras de cariño y pedimos humanidad y empatía ante esta terrible situación”, expuso. Porque cuando la justicia brilla por su ausencia, solo queda apelar a la empatía de una sociedad ya anestesiada por el horror.
Uno se pregunta, con una rabia que apenas puede contenerse con sarcasmo, qué delito imperdonable pudo cometer un panadero. ¿Quemar el pan? ¿Subir el precio de las donas? ¿O será que en este México distópico hasta el olor a pan recién horneado es una provocación para los amos de la violencia? La realidad supera cualquier intento de sátira: seis familias destrozadas, un negocio manchado de sangre y una comunidad que mira con terror cómo los espacios más cotidianos se convierten en campos de ejecución.
Mientras las instituciones despliegan sus operativos y emiten sus comunicados, la gente de a pie se queda con el mismo sabor amargo de siempre: el miedo, la impunidad y la certeza de que mañana podría ser cualquier otro lugar. La panadería, el mercado, la tienda de la esquina. Nada es sagrado cuando la barbarie tiene más poder que el Estado de Derecho. Y así, entre harina y casquillos, se escribe otra página absurda y sangrienta de una guerra que no elegimos, pero que nos está devorando a todos, uno a uno.
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