La intolerable realidad que todos ven pero nadie soluciona
En un giro que nadie vio venir —excepto quizás todo el planeta—, el representante de México ante la ONU, Héctor Vasconcelos, ha declarado con toda la ironía que la diplomacia permite que la situación humanitaria en la Franja de Gaza es “intolerable“. Qué alivio saber que alguien en un salón con aire acondicionado en Nueva York ha notado lo que ocurre cuando se combinan bombas, hambre y desesperación. Una verdadera revelación.
Vasconcelos, en un arranque de obviedad diplomática, aseguró que las cifras de muertos, heridos, desplazados y personas sometidas a condiciones de hambruna “crecen de manera alarmante”. Pero lo más inquietante, nos confía el embajador, es la “deshumanización de esas cifras”. Claro, porque convertir a seres humanos en estadísticas es mucho más cómodo para la conciencia internacional. ¿Quién necesita rostros cuando tienes números tan elegantes?
La comunidad internacional: expertos en cruzar brazos
Nuestro héroe diplomático señaló que la comunidad internacional no puede quedarse de brazos cruzados mientras observa —con binoculares de lujo— la “clara reducción” del espacio de operación de las organizaciones humanitarias. Porque nada dice “ayuda humanitaria” como bombardeos cada vez más próximos a hospitales y escuelas. Una estrategia militar innovadora donde se demuele todo menos la esperanza de que alguien haga algo.
“Necesitamos acciones colectivas urgentes para detener y revertir esta crisis humanitaria sin precedentes en décadas recientes”, declaró Vasconcelos. Traducción: necesitamos que los mismos países que crearon este desastre dejen de vetarse entre sí como adolescentes en una pelea de patio escolar, pero con armas nucleares.
Y aquí viene lo mejor: el embajador mexicano confió en que el plan de paz propuesto recientemente por el expresidente estadounidense Donald Trump permita un cese al fuego urgente. Sí, el mismo hombre que solucionó tantos conflictos internacionales con tuits. ¿Qué podría salir mal?
El veto: cuando un país decide que muertos son mejor que vivos
Ante el “desolador panorama” —término diplomático para “catástrofe absoluta”—, México valora los esfuerzos de los miembros del Consejo de Seguridad que propusieron un proyecto de resolución enfocado en aliviar urgentemente la situación humanitaria en Gaza. Urgentemente, claro, como en “urgentemente dentro de cinco vetos”.
“Tras el veto a ese proyecto de resolución, mi país tiene que ser empático en que no hay justificación alguna para la parálisis del Consejo de Seguridad, cuando la vida de decenas de miles de personas está en juego”, comentó. Empatía es lo que sobra cuando se trata de explicar por qué un solo país puede decidir que miles mueran porque no le conviene geopolíticamente. Una verdadera lección de humanidad.
Declaró que existe un rechazo internacional a que uno o dos países puedan vetar acciones de la ONU que podrían traducirse en menos muerte o menos hambre. Porque en el club exclusivo del poder global, el derecho a veto es como ese amigo que siempre veta los restaurantes en las salidas grupales, pero en lugar de comida mexicana versus italiana, decide quién vive y quién muere. Pequeña diferencia.
El embajador invitó a los países a sumarse a la iniciativa franco-mexicana sobre la restricción del uso del veto en caso de atrocidades en masa. Una propuesta revolucionaria: que no se pueda bloquear la ayuda humanitaria durante genocidios. Qué concepto tan radical —decir que matar gente está mal—. Seguro generará controversia entre los aficionados a las masacres.
Refirió que es imprescindible limitar el veto mientras no se logre su abolición: “Ante la incapacidad del Consejo de Seguridad para actuar, México refrenda su convicción sobre el papel que le corresponde a esta Asamblea General de asumir su propia responsabilidad”. Es decir, si el equipo A no funciona, probemos con el equipo B, C y D antes de que se acabe el oxígeno, literalmente.
La solución de dos estados: esa idea novedosa que lleva décadas en standby
Héctor Vasconcelos reiteró que se conceptualizó la solución de dos estados para la consolidación de un estado palestino viviendo en coexistencia con Israel. Una idea tan fresca y original como el teléfono de disco, pero que inexplicablemente no logra implementarse. Quizás porque requiere que ambos lados dejen de dispararse, algo aparentemente muy complicado para la sofisticada mente humana.
Dijo que debe haber garantías de que nunca se repitan ataques como los que se viven ante el conflicto israelí-palestino. Garantías, esa palabra mágica que todos pronuncian pero nadie cumple, como “mañana empiezo la dieta” o “esta vez sí voy al gimnasio”, pero con misiles en lugar de donas.
Mientras tanto, en Gaza, la vida continúa entre escombros, con la esperanza de que la siguiente resolución no sea vetada, que el próximo bombardeo no alcance un hospital, y que la comunidad internacional recuerde que detrás de las cifras hay personas. Pero no se preocupen: hay diplomáticos muy serios discutiendo protocolos de actuación en reuniones con catering de lujo. El mundo está en buenas manos.
La verdadera tragedia —además de las obvias— es que necesitemos que alguien nos recuerde que una crisis humanitaria es “intolerable”. Como si hubiera versiones tolerables que incluyan aperitivos. El circo diplomático continúa, con sus vetos, sus declaraciones y su capacidad infinita para transformar urgencias en trámites burocráticos. Y Gaza espera. Siempre espera.
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