El ilusionista de la diplomacia y su truco fallido
Parece que fue ayer cuando, en un alarde de lo que podríamos llamar “diplomacia de reality show”, el presidente Donald Trump se sentó con el líder ruso Vladímir Putin. Un mes después de esa cumbre en Alaska, el hombre que se promociona a sí mismo como el gran negociador parece genuinamente sorprendido —sí, como un niño que descubre que el mago no hizo desaparecer *de verdad* el conejo— de que su estrategia no haya resultado en una paz instantánea y fotogénica en Ucrania. ¿Acaso esperaba que un apretón de manos y una sonrisa para la prensa bastaran para desactivar décadas de conflicto? La inocencia, o lo que sea que esto sea, es conmovedora.
“Él me ha decepcionado”, declaró Trump esta semana, con el tono de un director de escuela desilusionado por su alumno estrella. “Realmente me ha decepcionado”. Uno casi espera que añada: “Y después de todo lo que he hecho por él”. La pregunta del millón, por supuesto, es qué esperaba exactamente. ¿Que Putin, conocido por su astucia geopolítica, iba a claudicar porque sí, porque Trump se lo pidió con cara de bueno? La ingenuidad estratégica alcanza aquí niveles épicos.
El tour del despropósito se globaliza
Pero no contento con llevarse un chasco en el frente ucraniano, el fracaso se ha contagiado como un virus por el mapa mundial. En Oriente Medio, donde el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha decidido que es un buen momento para iniciar una nueva ofensiva en Ciudad de Gaza y repartir ataques por la región, la sabia consejo de Trump ha sido: “Tienen que ser muy, muy cuidadosos”. Toda una masterclass en resolución de conflictos, sin duda. Especialmente surrealista fue el momento en que Israel atacó a Hamás dentro de Qatar, un aliado de Estados Unidos que, para colmo de ironías, ha sido anfitrión de negociaciones diplomáticas. ¿Se puede ser más torpe? La respuesta, al parecer, es sí.
Esta palpable decepción y frustración contrasta de manera hilarante con la imagen de confianza y dominio absoluto que Trump intenta proyectar en el escenario internacional. Mientras promociona sus esfuerzos diplomáticos con la vehemencia de un vendedor de coches usados y hace campaña para el Premio Nobel de la Paz —un detalle que nunca pasa de moda—, la realidad se empeña en ser tozuda. Cuando le preguntaron sobre sus objetivos para la próxima Asamblea General de la ONU, el presidente soltó la perla: “paz mundial”. Lo dijo con la misma naturalidad con la que uno pide una pizza. Lástima que los conflictos más destacados, en lugar de apagarse, parecen estar echando leña al fuego. Pero, oye, ¿quién necesita resultados cuando puedes tener eslóganes?
Max Bergmann, quien trabajó en el Departamento de Estado con Barack Obama y ahora está en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, lo resumió con una analogía demoledora: “Todo este último esfuerzo de nueve meses por la paz fue solo un carrusel”. Un carrusel que da vueltas y vueltas, muy vistoso, pero que no te lleva a ningún sitio. Y eso, amigos, es poesía política de la buena.
Gestos audaces para problemas simples (y viceversa)
Es un hecho conocido que Trump valora los gestos audaces por encima de casi todo: un ataque de bombardero furtivo aquí, un anuncio arancelario amplio allá. Son acciones que lucen bien en un tuit y generan titulares. El problema surge cuando intentas aplicar la misma lógica de “golpe de efecto” a rompecabezas geopolíticos de una complejidad abrumadora. Resolver eso no es como cerrar un trato inmobiliario; requiere paciencia, expertise y, sobre todo, diplomáticos experimentados. Justo lo que Trump, en su infinita sabiduría, ha decidido prescindir.
Bergmann lo clavó de nuevo: “La verdad fundamental es que intentar alcanzar acuerdos de paz es muy difícil”. Y luego soltó la analogía definitiva: “Es como si me dijeras, ‘ve a hacer un trato hotelero’. Sería un trato terrible. Se perdería mucho dinero”. Imagínense la escena: Trump, con su corbata larga, tratando de negociar el fin de un programa nuclear con la misma táctica con la que regatea el precio de una suite. El resultado, previsiblemente, sería catastrófico.
En un intento desesperado por defender lo indefendible, la Casa Blanca ha señalado comentarios de líderes europeos que —sorpresa— han elogiado los esfuerzos de Trump. Claro, ¿qué iban a decir? ¿Que es un desastre? La diplomacia también consiste en ser educado con el vecino aunque esté prendiendo fuego a su jardín. Y Trump, por su parte, sigue aferrándose a su mantra de que contrata “solo a las mejores personas”. Uno se pregunta si esas “mejores personas” están en la habitación con nosotros ahora mismo.
Matt Kroenig, un asesor senior del Pentágono durante el primer mandato de Trump, intentó poner una nota de optimismo al decir que la audacia del presidente puede obtener resultados, como cuando exigió un aumento en el gasto de defensa a los aliados europeos. Vale, es un punto. Pero es como aplaudir a un bombero por prender la alarma mientras el edificio se quema. Los gestos pueden funcionar para problemas simples, pero en los temas realmente peliagudos, como intentar persuadir a Kim Jong Un para que desmantele su programa nuclear, la estrategia de Trump parece consistir en dar vueltas y, finalmente, rendirse. Un final tan anticlimático como predecible.
Al final, el espectáculo continúa. La búsqueda de la paz mundial, según el manual Trump, se parece más a una serie de televisión de altibajos que a una política exterior coherente. Y mientras, el mundo observa, entre la perplejidad y el horror, cómo el hombre más poderoso del planeta juega al ajedrez geopolítico como si fuera una partida de dardos. Eso sí, con mucha más fanfarria.
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