La justicia mexicana, esa comedia de enredos con final previsible
Oh, alegría. Un Tribunal Colegiado acaba de confirmar lo que todos esperábamos: José Luis Abarca Velázquez, el exalcalde de Iguala que parece tener más vidas que un gato con suerte, ha sido absuelto del secuestro de los 43 normalistas de Ayotzinapa. ¿Sorprendido? Claro que no. Esto es México, donde la impunidad es como el aguacate en el guacamole: siempre está presente, aunque nadie quiera admitirlo.
Pero tranquilos, no se vayan todavía
No teman, amigos de la moral pública. Abarca no saldrá a pasear por el Zócalo (al menos no todavía). El querido exedil seguirá disfrutando de las instalaciones del penal del Altiplano, porque, oh casualidad, está procesado por lavado de dinero, narcotráfico y, de yapa, cumple una condena de 20 años por el asesinato de su exsíndico. Vaya currículum, ¿no? Parece que en México puedes evadir algunas acusaciones, pero nunca todas. Como en un mal juego de whac-a-mole, siempre queda un delito que te atrapa.
El Segundo Tribunal Colegiado del Décimo Noveno Circuito (con sede en Reynosa, porque ¿qué mejor lugar para juzgar un caso de Guerrero que Tamaulipas?) decidió que los padres de las víctimas no tenían derecho a amparo. ¿La razón? “No tuvieron participación en el caso”. Brillante lógica: si tu hijo desaparece, mejor no te metas, total, ¿qué podrías aportar? Así funciona la justicia: como un club exclusivo donde las víctimas no tienen membresía.
Por si alguien lo olvidaba, este es el mismo caso donde Felipe Flores Velázquez, exsecretario de Seguridad Pública de Iguala, también fue exonerado en 2023. Vaya dúo dinámico: uno absuelto aquí, otro allá, mientras las familias siguen buscando respuestas como si fueran personajes de un thriller mal escrito. El Centro Prodh, que asesora a los familiares, presentó un amparo directo… que fue negado, porque en este país, la justicia es como un espejismo: promete mucho pero nunca llega.
Y por si faltaba algo, todo esto ratifica una sentencia de 2019. Porque en México los casos judiciales son como el vino: entre más años tengan, más valor adquieren (aunque el resultado sea igual de amargo).
¿Qué sigue? Probablemente nada. O tal vez otro recurso, otro amparo, otro año de espera. Mientras tanto, Abarca seguirá en prisión (por otros motivos), los normalistas seguirán desaparecidos, y la justicia seguirá siendo ese chiste que todos conocen pero nadie se atreve a reírse en voz alta.
¿Te indigna? Comparte esta nota y sigue explorando cómo la impunidad se disfraza de legalidad. Porque, al final, lo único que nos queda es no olvidar.




