De comediante a niño grande: el reto actoral de Chaparro
Parece que a Omar Chaparro se le acabó la fiesta de los roles puramente cómicos. Para su nueva película, “La Celda de los Milagros”, el actor conocido por hacernos reír a carcajadas tuvo que hacer la tarea más heavy: estudiar a fondo el comportamiento de los críos de cinco años. No es por nada, pero después de años de personajes hiperactivos, ahora debía encapsular esa pureza infantil que, spoiler alert, tira verdades como puños sin filtro alguno. Su misión: convertirse en Héctor, un hombre con una condición mental que lo hace vivir con la mentalidad de un niño y que, en un giro del destino más trágico que un final de temporada de tu serie favorita, termina en prisión por un crimen que no cometió.
En una revelación que nos hace preguntarnos cuántos actores harían esto sin chistar, Chaparro confesó que su primer instinto fue buscar un psicólogo o documentarse sobre casos de neurodivergencia. Pero la directora, Ana Lorena Pérez Ríos, le dio la instrucción más simple y a la vez más compleja: “estudia cómo nos comportamos a esa edad”. Así que ahí lo tienes, observando a pequeños humanos que viven en un eterno presente, maravillándose con cada cosa como si fuera la primera vez. Un ejercicio de humildad para cualquiera que haya perdido esa capacidad entre notificaciones del celular y deadlines.
Química sobre la marcha con una coprotagonista impredecible
Si pensar como niño no era suficiente, el otro gran elemento de esta ecuación era su pequeña coprotagonista, Mariana Calderón. La dinámica en el set era tan orgánica que da envidia. La directora le daba a la niña indicaciones básicas y luego la “soltaba” para que fluyera. El trabajo de Chaparro era, básicamente, jugar al tenis emocional y reaccionar a lo que ella lanzara. Imagínate: una escena donde deben lavarse los dientes, y la pequeña suelta de la nada que si no lo hacen “salen gusanos”. Héctor, el personaje de Chaparro, tenía que responder a eso en el momento, con la genuina curiosidad y lógica de un niño de cinco años.
Chaparro detalla que tenía la libertad de, si sentía que la escena no iba por el camino correcto, simplemente volver a empezar. Era un juego constante de improvisación y escucha, lejos de los guiones rígidos. Este método no solo le permitió construir una relación creíble en pantalla, sino que también resalta la vulnerabilidad y autenticidad que requiere un papel tan sensible. Lejos de las payasadas de “No Manches Frida”, aquí el actor explora la ternura, la inocencia y la frustración de una mente atrapada entre dos realidades.
La película, que se estrena esta semana, promete ser un viaje emocional que mezcla el drama carcelario con una conmovedora historia de paternidad atípica. Chaparro se despoja de su personaje de comediante para ofrecer una interpretación que podría marcar un punto de inflexión en su carrera. Demuestra que, detrás del actor que siempre busca la risa, hay un profesional capaz de sumergirse en las capas más complejas y humanas de un guion. Un recordatorio de que a veces, para actuar como adulto, primero hay que recordar cómo ser niño.
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