Una celebración con más críticas que pastel
En un giro de eventos que nadie vio venir –o quizás todos, porque es más predecible que un reloj despertador–, el canciller Juan Ramón de la Fuente acudió a soplar las velas del 80 aniversario de la ONU y, en lugar de un discurso edulcorado, soltó una arenga que sonó más a intervención en un taller de mecánica automotriz: “esto necesita una reparación urgente”. Qué manera tan encantadora de felicitar a alguien en su cumpleaños, ¿verdad? Reiteró, con la tenacidad de quien insiste en que el wifi no funciona, que la Organización de las Naciones Unidas requiere ineludible y urgentemente una reforma. Porque, claro, ochenta años de vida son el momento perfecto para decirle a una institución que debe reinventarse por completo.
Durante el conmovedor evento, titulado con la modestia característica de un organismo global, “Construyendo nuestro futuro en conjunto: México en la ONU y la ONU en México”, De la Fuente tuvo la delicadeza de reconocer a la ONU como “absolutamente indispensable”. Un halago que, en el contexto, sonó como cuando le dices a tu coche viejo “eres indispensable” justo antes de llevarlo al desguace. Acto seguido, en un ejercicio de multitasking geopolítico, lanzó un órdago a la comunidad internacional: es hora de que el Estado Palestino sea miembro de pleno derecho. Porque, ¿qué mejor manera de sanar a una institución que añadiendo más debate a una mesa ya de por sí sobrecargada?
Solidaridad, crítica y otros conceptos que suenan bien en un PowerPoint
¿Y cuál es la postura de México, se preguntarán? Pues resulta que es un país multilateralista. Una revelación tan impactante como descubrir que el agua moja. El canciller, en un arrebato de obviedad profunda, apuntó que necesitamos un sistema internacional renovado, más robusto y con reglas claras. ¡Toma ya! ¿A quién se le había ocurrido antes que las reglas claras y la renovación podrían ser beneficiosas? Frente a esta perla de sabiduría, uno casi puede escuchar a los diplomáticos de otros países asintiendo mientras piensan en la lista de la compra. “Las imposiciones unilaterales no son compatibles con un sistema multilateral”, declaró. Una afirmación que, sin duda, hará que las potencias que hacen lo que les da la gana se detengan en seco y se rasquen la cabeza.
Pero el remate de la velada fue la brillante estrategia propuesta: la reestructuración sólo es posible con un “trabajo político intenso desde las bases. Nosotros, los pueblos”. Una idea tan romántica y utópica que casi hace llorar, imaginando a los pueblos del mundo unidos, rediseñando el Consejo de Seguridad entre café y café. Mientras tanto, en la vida real, los vetos siguen repartiéndose como si fueran cromos.
Para cerrar con un toque de solemnidad –o para suavizar el golpe de realidad–, el canciller pidió un caluroso aplauso en memoria del embajador emérito Jorge Eduardo Navarrete, un hombre que, sin duda, conocía bien el intrincado baile de la diplomacia en la ONU. Un momento genuinamente conmovedor en medio de un discurso que, por lo demás, fue un recordatorio de que hasta en los aniversarios más gloriosos, alguien siempre tiene que sacar el tema de que la casa necesita una reforma integral.
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