La línea dura de Pyongyang se consolida
Kim Jong Un no anda con rodeos. Este lunes, ante la Asamblea Popular Suprema, reafirmó que el estatus nuclear de Corea del Norte es irreversible. Y lanzó un dardo envenenado al sur de la península.
Calificó a Corea del Sur como el Estado “más hostil”.
No es solo palabrería. Los analistas ven en esto un giro estratégico. Pyongyang ya no considera a Seúl un interlocutor útil con Washington. Es un enemigo directo.
Un muro de desconfianza
La demonización tiene un objetivo claro: blindar al régimen. Kim desprecia el poder blando surcoreano —su cultura, su idioma— y refuerza el control autoritario de su familia. Mientras, elogia la expansión de misiles y armas nucleares como la vía “correcta” para garantizar seguridad.
Acusa a Estados Unidos de “terrorismo de Estado y agresión” global. Y deja claro que responderá a cualquier acción adversa. El mensaje es para consumo interno y externo: aquí no hay espacio para concesiones.
Lo preocupante es el contexto. Desde que colapsó la cumbre con Trump en 2019, Kim ha suspendido todo diálogo serio con Washington y Seúl. En cambio, ha priorizado a Rusia, incluso enviando equipo militar a Ucrania.
Ahora, con una constitución revisada que podría consagrar a Corea del Sur como enemigo permanente, la puerta para negociar se cierra un poco más. La pregunta es qué sigue cuando las palabras se convierten en política escrita en piedra.




