El Lejano Oriente no está tan lejos para quejarse
Parece que la relación comercial entre México y China está pasando por ese momento incómodo en el que uno de los dos decide subir el tono de voz, como cuando le reclamas a tu compañero de piso por dejar los platos sucios. La tensión, querido lector, está más caliente que un smartphone tras una videollamada de tres horas. El país asiático, en un despliegue de paciencia que rivaliza con la de un santo, ha decidido que ya basta de indirectas y ha elevado el volumen de sus reclamos ante las nuevas y encantadoras medidas proteccionistas de México. ¿La joya de la corona? Una fantástica iniciativa para imponer un arancel de hasta el 50% a una variada selección de productos asiáticos, una propuesta que actualmente descansa, esperando su destino, en el sagrado recinto del Congreso mexicano. Y, como en cualquier buen drama moderno, el vecino del norte, Estados Unidos, es el espectador que anima el cotarro desde su butaca, con su propia guerra comercial contra el gigante asiático y con la renegociación del TMEC en el horizonte de 2026. Porque ¿qué sería de una disputa bilateral sin un tercero que meta cuchara?
Los mensajes del Gobierno chino han evolucionado de ser esos guiños sutiles que nadie entiende a convertirse en declaraciones formales con sello y firma del Ministerio de Comercio de China. Este viernes, por ejemplo, las autoridades del país asiático, con la precisión de un cirujano, señalaron que la Secretaría de Economía mexicana ha iniciado cuatro nuevas e intrigantes investigaciones por prácticas de dumping relacionadas con empresas chinas que importan artículos de primera necesidad absoluta: cinta adhesiva, pernos de acero y tubos de plástico PVC. Porque nada dice “amenaza económica” como un rollo de cinta a la venta a un precio sospechosamente bajo. “China se opone firmemente a las acciones proteccionistas que perjudican los derechos e intereses legítimos de las empresas chinas”, declaró el Gobierno chino en un comunicado que, sin duda, fue redactado con una sonrisa de circunstancias. Una postura comprensible, viniendo de una nación famosa por su desinterés en el proteccionismo… espera, ¿no era al revés?
La cuenta de la lavandería geopolítica
La protesta oficial china no se ha quedado en anécdota. Alega, con la contundencia de quien lleva la cuenta, que durante 2025, el Gobierno mexicano ha abierto la nada despreciable cifra de al menos 11 investigaciones antidumping contra empresas o productos con sello chino, todas a petición de sus encantadores competidores locales. El Ministerio de Comercio chino asegura, con la voz quebrada por la emoción (o la indignación), que esto representa casi el doble de las que se iniciaron en 2024. Y, ¡oh, casualidad!, todo esto sucede al mismo tiempo que Estados Unidos ha incrementado el uso de aranceles de una manera tan entusiasta que casi parece un deporte nacional. México, en un giro argumental que nadie se esperaba, superó a China como principal socio comercial de Estados Unidos en 2023. Así que, con la llegada de Donald Trump a la presidencia, la prioridad número uno del Gobierno mexicano ha sido, cómo no, mantener a salvo, a toda costa, esa idílica relación bilateral. ¿Quién dijo que la política exterior no era cuestión de sentimientos?
La diplomacia, esa arte de lo sutil, también ha tomado asiento en la mesa de debate. La embajada china en México, abandonando toda sutileza, ha acusado al Gobierno estadounidense de “practicar el matonismo económico” para forzar a sus socios, como el buen México, a tomar una saludable distancia del comercio con China. “A Estados Unidos no le preocupa realmente el desarrollo de México, sino obligar a este país a fungir como su instrumento geopolítico”, manifestó la misión diplomática esta misma semana. Vamos, que nos ven como un peón en su tablero de ajedrez global. Mientras tanto, el nuevo embajador chino en México, Chen Daojiang, ha optado por la vía amable, publicando un texto en la prensa local donde pide que México y América Latina sigan promoviendo el libre comercio con Asia. Un mensaje de “seamos amigos” que contrasta maravillosamente con las acusaciones de matonismo. Coherencia es lo que sobra.
A pesar de esta presión cada vez más vocal (y legítima, según ellos), el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ha insistido en que mantiene conversaciones con los gobiernos asiáticos que se verían afectados por la posible imposición de nuevas tarifas a casi 1.500 fracciones arancelarias. Ebrard, con una calma que bien podría vender en frascos, ha descartado la posibilidad de medidas retaliatorias, argumentando el pequeño detalle del déficit comercial que México mantiene con el gigante asiático. Vamos, que China nos vende mucho más de lo que nosotros le vendemos a ellos. Y, en un alarde de contención ejemplar, China solo ha abierto un par de investigaciones de reciprocidad: una por las restricciones comerciales y de inversión, y otra por el antidumping de nueces pecanas. Al final, la decisión final sobre si imponer o no estos polémicos aranceles recaerá en el Congreso mexicano. Una situación de lo más relajante para nuestros diputados.
Pero no todo son malas noticias en este idilio comercial. Además de la relación de compra-venta, en la que China es el segundo proveedor de México, la inversión china en territorio mexicano ha ido en un ascenso tan pronunciado como una montaña rusa. En 2024, la inversión desde ese país representó la modesta suma de 710 millones de dólares, fondos que se han colocado, principalmente, en los estados de Guanajuato, Coahuila y la siempre seductora Ciudad de México. Así que los lazos económicos entre China y México están en la balanza, mientras Estados Unidos sigue elevando la apuesta por el proteccionismo con la determinación de un jugador en una mesa de póker. “China cree que, en el contexto actual de abuso arancelario por parte de Estados Unidos, todos los países deben oponerse conjuntamente al unilateralismo, prevenir la propagación del proteccionismo y evitar imponer restricciones a China bajo diversos pretextos debido a presiones externas”, ha declarado Pekín en su último y apasionado pronunciamiento. Un mensaje claro: “No dejen que el grandulón les mande”.
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