Porque nada dice “transparencia” como vigilar los menús ajenos
El alcalde Juan Miguel Ramírez Sánchez, en un arrebato de moralina gastronómica, ha decidido que sus funcionarios deben digerir algo más que filetes de wagyu: un plato de humildad obligatoria. La nueva norma prohíbe a los directores municipales pisar restaurantes de lujo en Celaya, especialmente si llevan de acompañante a un proveedor con la cartera abierta. ¿Motivo? Según él, “eso se presta”… a que los ciudadanos descubran que sus impuestos se convierten en trufas y champán.
“No los verán cenar, pero ¿y los sobres bajo la mesa?”
Con la solemnidad de un predicador evangélico, Ramírez Sánchez declaró: “Ningún director, ni yo, andamos en restaurantes haciendo convenios”. Claro, porque todos sabemos que los acuerdos turbios se hacen en oficinas iluminadas con luz natural y no en sótanos de sushi a $10,000 el omakase. El edil incluso calculó que una “comidita” en estos lugares equivale al sueldo mensual de un barrendero municipal. ¡Qué detalle! Ahora los trabajadores podrán consolarse pensando que, mientras ellos sudan, algún burócrata no está disfrutando de un risotto de hongos silvestres.
La medida, eso sí, deja preguntas en el aire: ¿Qué pasa si un funcionario anhela un foie gras? ¿Debe disfrazarse de turista? ¿Y si el proveedor lo invita a un McDonald’s, pero paga el Extra Value Meal con billetes de $500? El alcalde no aclaró estos vacíos legales, pero dejó claro que en su gobierno “no habrá diezmos”. Solo precios justos, como esos que negocian entre el segundo y tercer martini.
Lo irónico es que, mientras el ayuntamiento vigila los cubiertos ajenos, Celaya sigue siendo una de las ciudades con más problemas de seguridad y basura. Pero hey, al menos ahora los funcionarios tendrán hígados limpios… aunque las calles no.
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Y recuerda: Si un funcionario te invita a cenar, sugiere un elote callejero. Por si las moscas (o los drones del alcalde).




