Un milagro en la refinería: Pemex resucita (y todos aplauden)
En un giro de eventos que nadie, absolutamente nadie, vio venir (bueno, quizás alguien en un palacio nacional), la presidenta Claudia Sheinbaum anunció desde la pintoresca Atitalaquia, Hidalgo, que Petróleos Mexicanos ha dejado de ser el pariente pobre de la industria petrolera mundial. ¿La evidencia? Un reactor hidrodesulfurizador de naftas que fue colocado con la misma ceremonia que se reserva para reliquias sagradas. Este artefacto, nos cuentan, es la pieza clave para que la refinería de Tula deje de toser humo negro y empiece a producir gasolinas que, atención al dato, “afectan menos a la salud”. ¡Qué concepto tan revolucionario!
La mandataria, con el entusiasmo de quien acaba de descubrir la rueda, declaró que esto es parte de la modernización de ocho refinerías que, en un acto de coordinación casi sobrenatural, están produciendo “más de un millón de barriles diarios”. “Esto no se veía desde hace dos décadas”, proclamó, como si el simple paso del tiempo fuera una política de estado de gobiernos anteriores. Según su narrativa, ahora sí tenemos soberanía energética, ese término mágico que justifica todo, desde un reactor hasta un discurso.
El villano de la película: el fantasma neoliberal
Por supuesto, ningún cuento de hadas está completo sin un villano. En esta historia, el papel lo interpretan los gobiernos neoliberales pasados, esos malvados que, según el guión oficial, se dedicaron con fruición a desmantelar, endeudar y casi vender la joya de la corona para dar paso a empresas privadas. ¿El resultado? Una caída en la producción que, oh sorpresa, ahora se está revirtiendo gracias a la Cuarta Transformación. Qué casualidad que la recuperación coincida justo con la necesidad de discursos triunfalistas.
La directora de Grupo ICA, Guadalupe Phillips, detalló con precisión de ingeniera que este año se termina la modernización de Tula, con 12 mil trabajadores directos y 35 mil empleos generados. Uno se pregunta si contaron también al señor que vende tamales afuera de la planta. Mientras, el director de Pemex, Víctor Rodríguez Padilla, soltó la perla de que el precio por barril en Tula es de 13 dólares y celebró que ahora México exporta diésel en lugar de importarlo. Un dato sin duda positivo, que hace olvidar por un segundo la montaña de deuda que aún carga la paraestatal.
El gobernador de Hidalgo, Menchaca Salazar, no podía faltar a la cita para refrendar su apoyo a la presidenta y a su “liderazgo para la resolución de conflictos”. Porque nada dice “resolución de conflictos” como una supervisión de obra en una refinería. La coherencia, como el azufre en el combustible, se reduce a niveles mínimos.
En resumen, nos quieren hacer creer que de la noche a la mañana Pemex pasó de ser un paciente terminal en la UCI a un atleta olímpico de la refinación. Se colocan reactores, se pronuncian discursos, se señalan culpables del pasado y se anuncia una nueva era dorada. El público, entre incrédulo y esperanzado, observa el espectáculo. Solo el tiempo dirá si esto es el verdadero despegue de la industria petrolera mexicana o simplemente otro acto más en el teatro de la política energética nacional.
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