El monstruo favorito de todos recibe un abrazo (y unas cuantas costuras) del Toro
Por fin, el día ha llegado. Después de tanto bombo y platillo, de un pase en Cannes que seguramente dejó a más de un crítico con la boca abierta (ya sea por el asombro o por el sueño), la criatura de Guillermo del Toro, su tan cacareada “Frankenstein“, puede ser admirada en toda su gloria prostética en algunos cines mexicanos. Porque, claro, no iba a ser para todos, solo para los selectos, esos que saben apreciar el arte entre palomitas.
Y he aquí la primera joya del sarcasmo: se trata de una versión “a la Del Toro”. Traducción: olvídense del monstruo torpe y con tornillos en el cuello que su abuelita recuerda. Aquí tenemos una criatura que, según las malas lenguas, conserva la desconcertante belleza de Jacob Elordi. Porque, ¿qué es más aterrador en el siglo XXI que un monstruo que está más bueno que el pan? Una reflexión profunda, sin duda.
Un creador que es una víctima muy peculiar
El genio detrás del engendro, el Víctor Frankenstein de Oscar Isaac, no es un científico loco al uso. Oh, no. Es un tirano. Y como bien nos ilumina el maestro Del Toro con la sutileza de un martillo, “a todas las personas que son tiranas les encanta ser víctimas”. Una perla de sabiduría que podríamos enmarcar y colgar en cualquier oficina o reunión familiar. Se quejan de su mala suerte mientras hunden a todo el que se cruza en su camino. Un retrato tan conmovedor como reconocible, ¿verdad? Pero tranquilos, hay un mensaje de esperanza: “todos necesitamos amor, solo eso”. Porque nada soluciona los crímenes contra la naturaleza y la ética como un buen abrazo.
Esta no es una simple película de terror; es una oda existencialista disfrazada. Del Toro, en su infinita sabiduría, concibió este proyecto tras la pérdida de sus padres, preguntándose qué significa ser humano cuando pasas a ser “el hijo de nadie”. Una pregunta ligera para una tarde de jueves, perfecta para acompañar con un refresco. Primero nos dio un muñeco de madera que sufrirá por la eternidad la muerte de sus seres queridos en “Pinocho“, y ahora nos regala un rompecabezas de cadáveres cosidos que busca su lugar en el mundo. ¿Alguien dijo que el cine del mexicano es alegre y despreocupado?
El espectáculo detrás de la criatura: ¿42 prótesis para la redención?
Hablemos de lo importante: la apariencia. El monstruo, obra del mismo mago del maquillaje que nos dio el amante anfibio de “La forma del agua“, es una obra de arte con 42 piezas prostéticas. Cuarenta y dos. Más partes que un mueble de IKEA y, con suerte, más fácil de ensamblar. Lleva costuras, porque la elegancia está en los detalles, y un cabello que varía entre corto y largo, porque hasta los monstruos tienen días buenos y malos. Y por si fuera poco, se autodenomina “hijo del osario“. Un título poético que sin duda impresionará en las aplicaciones de citas.
Los escenarios, diseñados por la nominada al Oscar Tamara Deverell, son tan majestuosos que casi roban el protagonismo. Mansiones en auge, ruinas con encanto y un laboratorio que haría suspirar de envidia a cualquier científico loco que se precie. Y luego está el barco. ¡Un barco de verdad! Del Toro, en un arrebato de purismo antigital, decidió que no quería efectos visuales para algo tan mundano como un navío. Así que usaron uno real, con un estabilizador mecánico, porque ¿para qué crear seis metros de barco y fingir el resto como hace el vulgo, cuando puedes complicarte la vida de manera épica?
El vestuario, a cargo de Kate Hawley, evita deliberadamente lo anticuado. Para el atuendo de Víctor, se inspiraron en el bailarín ruso Rudolf Nureyev. Lo que explica de manera definitiva los pantalones a cuadros y los guantes rojos. Porque nada grita “científico obsesionado con jugar a ser Dios” como la elegancia de un bailarín de ballet. Es una declaración de intenciones: si vas a alterar el orden natural de la vida, hazlo con estilo.
Así que ya lo saben, queridos lectores. Si su presupuesto o su desinterés por salir de casa se lo impiden, pueden esperar al 7 de noviembre para ver esta joya en Netflix. Pero se estarán perdiendo la experiencia completa de ver a un monstruo inusualmente atractivo preguntarse sobre la vida en una pantalla grande. Y eso, amigos míos, es una tragedia casi shakesperiana.
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