Una Crítica con Dientes (y Quizás Un Par de Tornillos Sueltos)
Parece que Guillermo del Toro, nuestro amado cineasta mexicano que colecciona monstruos como otros coleccionan sellos, finalmente se ha topado con un crítico que no se deja hechizar tan fácilmente por la niebla y la poesía visual. Mariana Enríquez, la maestra argentina del horror social y lo gótico contemporáneo, ha afilado sus uñas y ha decidido que la aclamada adaptación de “Frankenstein” del director es el blanco perfecto para un análisis tan mordaz como divertido. Porque, seamos sinceros, ¿quién mejor para juzgar a un creador de monstruos que otra creadora de pesadillas?
Enríquez, en una charla para “La Broma Infinita” donde sin duda fue la más seria de todos, no solo confesó que la película no le gustó, sino que la despedazó con la delicadeza de un cirujano… o de la propia criatura en un día de rabia. Su queja principal es una joya de la ironía: según ella, Del Toro está tan enamorado de su propia idea de los monstruos que ha terminado por crear un Frankenstein que es, básicamente, un buenazo incomprendido. ¡Vaya giro argumental! ¿Quién lo hubiera dicho? La narrativa original de Mary Shelley, un tratado sobre la arrogancia, el abandono y la naturaleza del mal, se convierte aquí, al parecer, en una historia donde el verdadero monstruo es el científico y la criatura es un angelito que solo quería un amigo.
¿Una Criatura Demasiado Inocente Para Este Mundo Cruel?
La autora fue incisiva al señalar lo que ella considera un desbalance total en la comprensión del personaje. Con una lógica impecable, Enríquez señala: “Decir que toda la culpa es de Víctor y que la criatura es buenísima y no hace nada malo, es problemático”. Imagínense, una criatura sintiente, con libre albedrío, que decide usar sus poderes para el bien y la paz mundial. Suena más a un superhéroe de Marvel que a la trágica figura gótica de 1818. “La criatura es sintiente y toma decisiones que son absolutamente violentas y para provocar daño”, remata Enríquez, recordándonos que el monstruo de Shelley no era precisamente un candidato para el premio Nobel de la Paz.
Y aquí es donde el sarcasmo alcanza su punto más álgido. Enríquez sugiere que Del Toro ve su creación “disociado”, como si el monstruo fuera un “ser humano” o “otra cosa”. Pero no, sentencia la escritora con la autoridad de quien conoce los abismos de la ficción: “No lo es, es un ser artificial“. Una verdad tan simple y contundente que casi duele. Parece que el buen Guillermo, en su afán por humanizar a lo inhumano, olvidó que el horror y la belleza de Frankenstein residen precisamente en su naturaleza artificial y fallida.
Belleza Visual y Decisiones Narrativas Cuestionables
Por supuesto, no todo es odio en este divertido ajuste de cuentas literario. Enríquez, siendo justa, admite que la película “tiene cosas muy bellas”. Alaba el vestuario y declara que Mia Goth “es una diosa”. Un elogio que, viniendo de ella, probablemente signifique que Goth podría gobernar un ejército de espectros con solo una mirada. Sin embargo, incluso aquí no puede evitar la puya: la encuentra “un poco desaprovechada” porque su personaje se enamora del monstruo al instante. Sobre la elección de Jacob Elordi como la criatura, su comentario es una obra maestra del escepticismo cómico: “Yo no confiaría en Jacob Elordi como una cosa que te cae de c*lo en cuanto lo ves”. Una reflexión sobre la credibilidad del casting que, seguramente, no estaba en el press kit de la película.
Pero el golpe maestro de Enríquez es conectar el Frankenstein de Del Toro con el debate de la Inteligencia Artificial (IA). Con una agudeza brillante, señala que la película choca con cómo pensamos hoy sobre la creación y la responsabilidad. ¿No es irónico que en una era donde tememos que la IA se “vuelva monstruosa”, Del Toro nos presente un monstruo artificial que es básicamente inocente? Enríquez ve la adaptación no solo como un error literario, sino como un desacierto en el discurso contemporáneo. Sugiere que el director está tan perdido en su laberinto de relojería y fantasía que se ha olvidado de mirar el mundo real, donde las creaciones artificiales plantean dilemas éticos mucho más espinosos y menos sentimentales.
En definitiva, la crítica de Mariana Enríquez es un recordatorio de que, a veces, la mejor forma de honrar un clásico no es abrazándolo con un amor ciego, sino diseccionándolo con curiosidad y, por qué no, con una buena dosis de humor ácido. Una lección de que incluso los dioses del cine, como Del Toro, pueden recibir una sacudida eléctrica de realidad de vez en cuando.
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