El espectáculo de la contención (o cómo apagar un incendio con gasolina)
Parece que el bloque oficialista de Morena ha logrado la proeza de contener lo que ellos mismos ayudaron a incubar: el monumental enfado de las organizaciones campesinas que, durante 72 gloriosas horas, convirtieron las principales vías de comunicación del país en un gigantesco estacionamiento al aire libre. Sí, esas mismas carreteras que supuestamente son la columna vertebral del comercio y la movilidad nacional. Qué mejor manera de exigir mejoras que paralizando la vida de miles de personas y el traslado de mercancías, ¿no es una estrategia brillantemente contraproducente?
Los cierres intermitentes en carreteras, aduanas y puentes fronterizos, esa táctica de protesta tan original que nunca antes habíamos visto, fueron la tarjeta de presentación del Frente Nacional para el Rescate del Campo Mexicano y sus aliados transportistas. Sus demandas, todo sea dicho, son de una lógica aplastante: quieren mejores precios por sus cosechas, que no les cambien las reglas del juego con la nueva ley de aguas y, atención a este detalle, mayor seguridad en las vías. Irónico, considerando que fueron ellos quienes las volvieron notablemente inseguras para todo el resto de los mortales.
La comedia de la intermediación: Monreal al rescate
En este circo de tres pistas, los agricultores, en un movimiento maquiavélico, consiguieron la intermediación de Ricardo Monreal, el líder de Morena en el Congreso. Porque, claramente, cuando hay un problema con el gobierno, la solución ideal es meter a otro político del mismo partido en la mesa. La cita con la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, fue, según las crónicas, “ríspida”. Vamos, un eufemismo periodístico para describir lo que probablemente fue un intercambio de miradas asesinas y sonrisas forzadas que podrían cortar acero.
“Vamos a impulsar la comunicación con Segob, pero con la intervención de los diputados y la anuencia de Monreal: van a ser mediadores”, declaró con total seriedad Eraclio Rodríguez, dirigente del Frente y, oh sorpresa, exdiputado del PT. Porque nada genera más confianza que un excompañero de bancada mediando entre ustedes y el gobierno. Como primer “avance” en esta farsa, los inconformes lograron instalar mesas de trabajo para analizar posibles ajustes a la ley de aguas. Es decir, lograron que los legisladores se sienten a hablar sobre lo que tendrían que estar legislando. Todo un éxito.
Los puntos “conflictivos” y la danza de las declaraciones
Uno de los puntos más espinosos, y aquí la cosa se pone realmente jugosa, es la propuesta de eliminar la transmisión de concesiones de agua entre particulares. La idea es que esos derechos vuelvan al Estado para que la Conagua los reasigne. Los agricultores, con una lógica que hasta un niño entendería, se quejan de que esto impediría heredar o vender sus tierras, porque sin el permiso de uso de agua, un terreno se convierte en poco más que un solar polvoriento. Vamos, que les están pidiendo que cultiven en el desierto con una cubeta de arena.
Pero el momento cumbre de esta tragicomedia llegó con las declaraciones de Rosa Icela Rodríguez, quien, en un arranque de sinceridad… o de torpeza política, descalificó las protestas asegurando que tenían “tintes políticos” y que existían “carpetas de investigación” contra los líderes. Porque, obviamente, amenazar con acciones legales es la forma más efectiva de calmar los ánimos en una negociación. El señalamiento, como era de esperar, provocó tal molestia que obligó a la presidenta Claudia Sheinbaum a salir al quite. Al día siguiente, la mandataria aclaró que sus palabras fueron “malinterpretadas” y negó la existencia de investigaciones. Clásico: “lo dije, pero no lo dije, y si lo dije, no era así”.
Este vaivén de mensajes, digno de un partido de tenis, incrementó la desconfianza hacia Gobernación hasta niveles estratosféricos. “Confiamos más en los legisladores que en la secretaria”, declaró Eraclio Rodríguez, marcando una ruta de negociación que básicamente ignora al poder ejecutivo. Mientras, en el Palacio de Cobián se anticipa una noche larga, con la esperanza de lograr acuerdos que permitan desbloquear un país que ya lleva tres días atascado. La presión ahora recae en los legisladores, quienes deben destrabar las mesas de negociación mientras aceleran la aprobación de la misma ley que originó el problema. Una jugada de equilibrista que, sin duda, merece un aplauso. O una pitada.
¿El resultado final? Aún está por verse. Pero una cosa es segura: el espectáculo de la política mexicana, con sus contradicciones, sus mediadores que son parte del problema y sus soluciones que parecen más problemas, no tiene precio. O quizás sí, y lo estamos pagando todos con cada minuto de tráfico detenido.
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