Frankenstein, un monstruo con sabor a pan dulce y café de olla
Porque, claramente, nada dice “voy a dar vida a un ser a partir de cadáveres” como un buen café de olla y unas conchas bien esponjadas. En un giro que solo la mente maestra de Guillermo del Toro podía concebir, el cineasta presentó su nueva y multimillonaria producción, Frankenstein, no con una gala nocturna y champán, sino con un desayuno. Sí, ha leído bien. Mientras usted se comía un yogur con prisa, la élite de Hollywood mordisqueaba pan de dulce mexicano en el Museo de la Academia de Cinematografía. ¿El mensaje? Puedes ser un genio del cine, pero un antojo matutino es más poderoso que cualquier premio de la Academia.
El evento, astutamente titulado “Café y conchas con Guillermo del Toro”, logró lo que pocas conferencias de prensa consiguen: endulzar el paladar y, de paso, la disposición de la prensa internacional. Uno casi puede imaginar la escena: Oscar Isaac y Jacob Elordi, los protagonistas de esta nueva versión del mito, pasando el azúcar mientras discuten cómo encarnar a un científico obsesivo y a su criatura atormentada. Porque, ¿qué mejor manera de conectar con tu personaje que con un chocolate caliente en la mano?
El cuento de hadas (católico y desatado) de un niño con cámara
En un momento de sincronía cósmica—o quizá solo de buena planeación de relaciones públicas—, Del Toro compartió la génesis de este proyecto. Resulta que la semilla de esta adaptación fílmica no se plantó en una lujosa oficina de Netflix, sino en la mente de un niño que jugaba con una cámara súper ocho. “Pensando que sería una gran manera de hablar con mi papá”, confesó el director. Uno se pregunta si su padre, tras esas conversaciones filmadas, le habría recomendado un psicólogo o le habría ayudado a conseguir más baterías.
El realizador tapatío detalló, con la solemnidad de quien revela un secreto universal, que siempre quiso hacer “un cuento católico, además de una fábula desatada”. Por supuesto, porque cuando piensas en Frankenstein, lo primero que viene a la mente son los sacramentos y la doctrina de la Iglesia. Pero el giro más jugoso—más que las propias conchas—vino después: “Sin darme cuenta, me volví padre; pero me seguía comportando como hijo. Como papá, tuve que pedir disculpas y no repetir lo que me heredaron. A mis 42, me vi al espejo y me di cuenta de que me había convertido en mi padre”. Así es, la película sobre un hombre que crea un monstruo sin pensar en las consecuencias es, en el fondo, una metáfora de la paternidad. ¿Alguien podría pasar el syrup, por favor?
Esta revelación, que seguramente dejó a más de un asistente mordisqueando su pan con una mezcla de conmoción y confusión, habla de la “escasez y la urgencia del perdón”. Porque nada perdona más que un monstruo reanimado que cuestiona su propia existencia, ¿verdad?
El reparto desfila, los vestuarios se exhiben y las velas arden
Antes de que el elenco estelar—que incluía a Mia Goth, Christopher Waltz y Felix Kammerer—desfilara frente a una cortina guinda (color que, sin duda, realza el tono pálido y cadavérico de cualquier criatura), se rindió un emotivo homenaje a los orígenes del mito. Del Toro pidió un aplauso para Sara Karloff, hija del icónico Boris Karloff. Un gesto conmovedor, que une el pasado glorioso del monstruo con su futuro… digamos, más streaming.
La celebración, como es debido en cualquier evento que se precie, se extendió a las plantas superiores del museo, donde los vestuarios de la criatura se exhibían en vitrinas. Porque ¿qué es un monstruo sin su outfit? Las salas, ambientadas con velas y decoraciones del siglo XVIII, lucían fotogramas y pinturas del rodaje. Uno casi esperaba que, de entre las sombras, apareciera la criatura pidiendo no un corazón, sino una concha de nata.
Entre el gentío, el realizador mexicano, instalado en uno de sus sillones, recibía las felicitaciones de amigos y colegas. Ahí estaban Ron Perlman, Julie Delpy, Sebastian Stan y el director Jon Favreau, entre otros. Es reconfortante saber que, incluso en la cima del éxito, los grandes genios del cine todavía necesitan que sus amigos les digan “qué chula quedó la peli”.
Y hablando de éxito, la estrategia de lanzamiento es tan peculiar como el desayuno que la inauguró. Frankenstein, con un presupuesto de 120 millones de dólares y una duración de 150 minutos, tendrá un estreno limitado en cines a partir del 17 de octubre (por solo tres semanas, para que sufra el que no alcance boleto) y llegará a la plataforma de Netflix el próximo 7 de noviembre. La apuesta por los premios Oscar es tan clara que casi se puede saborear… junto con el último bocado de pan de dulce.
Así que ya lo sabe. La próxima vez que un ser de pesadilla cobre vida en la pantalla, recuerde que su nacimiento pudo estar empujado por la combinación de un antojo mañanero, una crisis existencial sobre la paternidad y una conversación casual sobre Trollhunters. El arte, al fin y al cabo, es así de impredecible. Y de delicioso.
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