Un Día Normal en el IMSS: Brotes Psicóticos y Códigos Infarto que Brillan por su Ausencia
Parece que la Clínica 16 del IMSS en Torreón decidió cambiar su programación habitual de esperas eternas y sustituirla por un episodio de ‘Breaking Bad’ versión mexicana. El protagonista de este spin-off nada deseable: un paciente con un brote psicótico que, armado con un cuchillo de 40 centímetros (sí, casi medio metro de drama), decidió que su estadía médica necesitaba un poco más de acción.
El hombre, visiblemente angustiado y con heridas aparentemente autoinfligidas, no pedía más medicamento para el dolor. No, su solicitud era bastante más intensa: rogarle a los policías presentes que le dispararan. “¡Dispárame, no tengas miedo!”, gritaba, mientras el personal médico probablemente revisaba mentalmente su póliza de seguro. La escena, capturada en video y viralizada en redes, mostraba el caos absoluto: el paciente, con bata de hospital y sangre en el pecho, blandiendo el arma blanca mientras cuestionaba por qué no podía ver a sus hijos.
La solución llegó, como en los mejores guiones surrealistas, de la mano del Cuerpo de Bomberos. ¿Agentes especializados en negociación? ¿Psiquiatras? No. Chorros de agua a presión. Porque a veces, los problemas mentales se solucionan como se apaga un incendio: mojando todo hasta que la situación ceda. Tras ser controlado, el hombre, que según versiones padece esquizofrenia, fue trasladado para recibir tratamiento psiquiátrico especializado. Aunque no sin antes protagonizar un segundo acto en la azotea de la farmacia del hospital, esta vez en traje de Adán, porque aparentemente la ropa estorbaba para su monólogo existencial.
Y Mientras Tanto, en Sinaloa: El Infarto de la Indignación
Pero por si este reality show hospitalario no era suficiente, el IMSS de Mazatlán decidió subir el rating con una tragedia evitable. El periodista Martín Arellano Solorio sintió que su corazón decía ‘hasta aquí’ y, como cualquier ciudadano del siglo XXI, documentó su calvario en tiempo real desde su cuenta de X (antes Twitter).
Su crimen: confiar en que el “Código Infarto” –ese protocolo diseñado para salvar vidas con rapidez– funcionaría. Su castigo: ser ignorado durante más de cinco horas mientras su vida se esfumaba entre tuits de auxilio y etiquetas a las autoridades. “No hay aplicación de @Tu_IMSS y con código infarto”, escribió en un mensaje desesperado que mezclaba la ironía con la agonía.
Imploró ayuda, etiquetó a la directora del IMSS, Zoé Robledo, e incluso a la presidenta Claudia Sheinbaum. La respuesta institucional fue tan eficiente como un celular sin batería: nula. Al final, Martín falleció tras sufrir dos paros cardíacos, en una habitación de hospital donde el único código que parecía activo era el del silencio administrativo.
La directora del hospital, Felicitas Obeso Aguirre, salió después en video –claro, porque eso soluciona todo– para afirmar que el paciente “recibió atención médica multidisciplinaria”. Lo que no explicó es por qué ese mismo equipo multidisciplinario no pudo aplicar un protocolo que, literalmente, tiene el nombre de la emergencia que estaba ocurriendo.
Estos dos incidentes, aunque distintos en naturaleza, pintan un retrato preocupante de un sistema de salud que parece operar en modo supervivencia rather than en modo solución. Por un lado, la urgencia psiquiátrica se maneja con mangueras, y por el otro, la urgencia cardíaca se responde con tweets fantasmas. ¿El común denominador? Ciudadanos en situación de vulnerabilidad, lidiando no solo con su crisis, sino con la incompetencia institucional.
Es el tipo de noticias que te hacen preguntarte si realmente estamos en 2025 o si hemos retrocedido a una temporada particularmente oscura de Black Mirror. Y lo peor es que no hay opción de skip ad.
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