Bowie en pantalla: cuando el extraterrestre se convirtió en objeto de estudio
Ah, David Bowie. El hombre que cayó a la Tierra y, al parecer, nunca se fue. O al menos, su fantasma no. Porque desde que decidió que este planeta era un lugar interesante para hacer arte, no hemos parado de diseccionarlo, analizarlo y empaquetarlo en formatos digeribles para las masas. Una de las figuras más representativas de la cultura pop desde los setenta, dicen. Vamos, un título modesto para alguien que era básicamente un marciano con labial.
Su influencia, nos cuentan, trascendió la música. ¡Vaya novedad! Como si ponerle una peluca naranja y cantar sobre arañas de Marte no fuera ya suficiente contribución a la civilización occidental. No, el buen David también quiso probar suerte delante de las cámaras. Y qué suerte: interpretó extraterrestres, figuras históricas y seres de fantasía con la misma naturalidad con la que uno se pone los calcetines por la mañana. ¿Quién no ha soñado con ser un duende goblin un día y Nikola Tesla al siguiente?
La industria del ‘Bowie-ología’: documentales para descifrar al camaleón
Por supuesto, semejante criatura mitológica necesitaba su propia industria de documentales. Comenzaron a rodarlos incluso cuando el tipo todavía respiraba -qué falta de paciencia- pero tras su partida en 2016, la cosa se puso seria. Ahora tenemos más material sobre Bowie que fotos de gatitos en Internet.
El más reciente es “Bowie: El acto final” (2026), que se centra en su último álbum Blackstar y su reflexión sobre la mortalidad. Porque nada dice “reflexión sobre la mortalidad” como un vídeo musical donde un esqueleto joyero custodia un libro en el espacio. Muy sutil, David.
Luego está “Bowie in Berlin” (2026), donde revisan esos años mágicos entre 1976 y 1978 cuando el hombre decidió que lo mejor para curar sus problemas era mudarse a Alemania con Iggy Pop. La lógica es impecable: ¿depresión? ¡Vamos a Berlín a hacer música experimental! ¿A quién no se le ocurrió antes?
Pero el premio al documental más meta va para “Moonage Daydream” (2022), el primero autorizado por sus herederos. “Concebido como una experiencia inmersiva”, claro, porque ver a Bowie normal sería demasiado aburrido. Necesitamos material inédito, efectos especiales y probablemente realidad virtual para entender a un tipo que cantaba sobre chicos extraños.
La lista sigue: “David Bowie: Five Years”, “The Last Five Years”, “Finding Fame”, “The Man Who Changed the World”… Parece que cada año de su vida merece su propio documental. ¿Para cuándo “Bowie: Los años del desayuno” o “La filosofía capilar de Ziggy Stardust”?
De marciano a Tesla: cuando actuar era otro disfraz
En cuanto a su faceta como actor… bueno, llamémoslo “interpretación extendida”. Su papel más emblemático fue en “The Man Who Fell to Earth” (1976), donde básicamente interpretó a sí mismo: un extraterrestre confundido en nuestro mundo. ¿Método acting o simplemente llegar tarde al set sin quitarse el personaje?
Luego vino Jareth, el Rey de los Goblins en “Labyrinth” (1986). Un papel exigente que requería calzas ajustadas, una peluca imposible y la capacidad de mantener la dignidad mientras cantaba sobre bailar la danza de la magia. Spoiler: lo logró.
La filmografía bowiana es tan ecléctica como sus cambios de look: desde vampiros en “The Hunger” hasta prisioneros de guerra en “Merry Christmas, Mr. Lawrence”. Pero mi favorito personal es cuando interpretó a Andy Warhol en “Basquiat”. Un ícono pop interpretando a otro ícono pop -es como esas muñecas rusas metalingüísticas que te dan dolor de cabeza.
No podía faltar su inquietante aparición como agente Phillip Jeffries en “Twin Peaks: Fire Walk with Me”. Porque si hay algo que David Lynch necesitaba para hacer sus pesadillas más surrealistas era… bueno, a Bowie.
Y luego está ese cameo glorioso en “Zoolander” como juez de certamen de belleza. Porque después de haber sido un duende, un marciano y Poncio Pilato para Scorsese, ¿qué haces? Pues juzgar modelos masculinos junto a Ben Stiller, obviamente.
Estas películas y documentales conforman lo que ahora llamamos pomposamente el legado audiovisual de David Bowie. Un “objeto de estudio”, dicen los académicos con seriedad. Un camaleón profesional, decimos los demás.
Lo cierto es que llevamos casi medio siglo tratando de descifrar qué demonios pasaba por esa cabeza rubia platino (luego naranja, luego morena…). Y quizás ese sea precisamente el punto: nunca lo sabremos del todo. Como dijo alguien alguna vez -probablemente en algún documental-:
Su carrera estuvo marcada por su constante capacidad de reinvención y su espíritu disruptivo.
O sea, nunca se aburría y le gustaba romper cosas. Gracias, capitán Obvio.
Lo fascinante no es cuánto hemos analizado a Bowie, sino cuánto nos sigue fascinando analizarlo. Cuarenta y siete años después seguimos preguntándonos quién era realmente ese hombre-estrella-duende-marciano-Tesla-Warhol-Pilato-juez-de-modelos.
¿Y tú? ¿Ya viste todos estos documentales o todavía crees que Ziggy Stardust era solo una fase? Comparte este viaje bowiano con otros terrícolas perdidos y sigue explorando cómo un solo hombre pudo contener multitudes… y tantos disfraces.




