No juzgues un matrimonio por su fachada de revista
Parece que las lecciones sobre cómo identificar depredadores en traje de etiqueta ahora vienen en formato de entretenimiento. Las actrices Sydney Sweeney y Amanda Seyfried se prestan para este máster en desconfianza que es “The Housemaid”, la nueva joya de Paul Feig. Porque, ¿qué mejor plan para empezar el año que una comedia negra sobre abuso emocional? La cosa promete.
La trama, con la sutileza de un martillazo, nos presenta a Millie (Sweeney), una joven exreclusa con más ganas de reinicio que un ordenador con virus. Su oportunidad dorada llega: trabajar como asistente doméstica para el matrimonio Winchester. Andrew (Brandon Sklenar) y Nina (Seyfried) son tan perfectos que dan dentera. Hasta que, oh, sorpresa, Millie descubre que su jefa tiene más tornillos sueltos que un mueble de Ikea montado a las 3 a.m. El giro es tan predecible como esperado, pero el diablo, como siempre, está en los detalles siniestros.
De la euforia al terror, con risas incluidas
La cinta, que ya está en algunos cines y llega a México el 1 de enero, se pasea por el espectro emocional con la elegancia de un elefante en una cacharrería: felicidad, euforia, desesperación y resignación. La violencia contra la mujer es el plato fuerte, sazonado con un humor negro que Feig, veterano de “The Office” y “Spy”, dosifica para no caer en el mal gusto. Un equilibrio tan delicado como caminar sobre la cuerda floja sobre un abismo de temas crudos. ¿Lo logra? El público tendrá la última palabra, entre risas nerviosas.
El propio director suelta perlas como: “Espero que el público se fije en las cosas oscuras, como el abuso, pero que al mismo tiempo se divierta”. Porque nada une más a la familia que reírse juntos del satisfactorio castigo de los villanos, ¿verdad? En un alarde de responsabilidad, Feig y su equipo colaboraron con Victims United, porque qué mejor que una productora de Hollywood para dar consejos vitales: “Sal de esa relación y busca ayuda”, sentencia. Fácil decirlo, difícil hacerlo, pero al menos suena bien en una nota de prensa.
En el fondo, la película es un recordatorio de que las apariencias engañan más que un político en campaña. O como dice Feig con la solemnidad de quien descubre el agua tibia: es una historia muy oportuna para no juzgar un libro por su portada. Millie, la protagonista, aprende esto de la peor manera posible, al enamorarse de su jefe y desencadenar un drama que huele a error garrafal desde el kilómetro cero. La pregunta retórica es: ¿por qué las casas lujosas en el cine siempre esconden los peores traumas? Será que el papel pintado de diseño absorbe los gritos.
¿El resultado final? Un thriller psicológico que aspira a ser más listo que el promedio, usando el glamour hollywoodense para envolver una crítica social. No es solo un drama sobre una empleada en apuros; es un espejo distorsionado de las dinámicas de poder, el engaño y la supervivencia, todo servido con una sonrisa sarcástica. Perfecto para quienes creen que la vida es una tragicomedia y prefieren reírse antes que llorar.
Si te intriga ver cómo el glamour puede ser la cortina perfecta para los peores instintos humanos, no te guardes esta historia. Comparte este artículo en tus redes y ayúdanos a viralizar la conversación sobre las máscaras que llevamos. Y si quieres más análisis con un toque de humor ácido sobre el cine actual, explora las demás reseñas que tenemos para ti. La próxima “oveja” disfrazada podría estar más cerca de lo que piensas.
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