Porque nada dice “revolución” como un papel con sello oficial
En un giro irónico de la historia, Claudia Sheinbaum decidió conmemorar el aniversario luctuoso de Emiliano Zapata repartiendo títulos de propiedad como si fueran dulces en una piñata. ¿El destinatario? Las mujeres ejidatarias, esas heroínas anónimas que llevan siglos trabajando la tierra sin que nadie les diera el crédito (ni el documento).
La meta: 150 mil mujeres con papelito que lo diga
La presidenta anunció con bombo y platillo que para 2030, 150 mil mujeres deberán tener su título de propiedad. Solo el 27% de los derechos agrarios actuales están en manos femeninas, lo que demuestra que el campo mexicano sigue siendo un club de Toby con sombrero. “Porque claro, ¿quién mejor que un hombre para decidir qué hacer con la tierra que una mujer cultiva?”, comentó nadie en voz alta, pero todos lo pensaron.
Sheinbaum, en modo “vamos a corregir errores históricos con burocracia”, explicó que antes, si un campesino moría y solo tenía hijas, la tierra se quedaba en el limbo legal. ¿Por qué? Porque obviamente las mujeres son incapaces de entender conceptos complejos como “heredar” o “trabajar”, ¿no? Menos mal que ahora el gobierno iluminado les dará permiso para ser dueñas. Qué generosidad.
Y no contenta con eso, la mandataria soltó otro bombazo: el maíz transgénico está prohibido (por si alguien olvidó leer la Constitución entre tantas crisis). El plan es producir más maíz criollo, frijol y leche, porque nada asegura la autosuficiencia alimentaria como depender de cultivos que requieren tres milagros y una oración para crecer. “Pero hey, al menos es nuestro”, podrían decir los campesinos mientras cruzan los dedos para que no haya sequía.
¿El resultado? Un discurso lleno de buenas intenciones, metas ambiciosas y una pregunta incómoda: ¿por qué tomará hasta 2030 reconocer lo que las mujeres ya hacen desde hace siglos? Mientras tanto, ellas seguirán arando, sembrando y cosechando… con o sin papelito.
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