La espera terminó, pero las dudas persisten
Tras un retraso de un día, Claudia Sheinbaum finalmente desempolvó su tan anunciada reforma electoral. Lo hizo en Palacio Nacional, rodeada del equipo que la cocinó desde octubre. “Son 10 puntos que estamos proponiendo”, dijo, como si fuera el menú del día.
Pablo Gómez, al frente de la comisión presidencial, se encargó de los detalles. O de algunos. Detalló que hubo 63 audiencias públicas con 181 expertos. Un número que suena a mucho trabajo sobre el papel.
“Son 10 puntos que estamos proponiendo”
Pero aquí viene lo bueno. Gómez omitió mencionar las reuniones con consejeros del INE y las solicitudes que hicieron. La mayoría brilló por su ausencia en la propuesta final. Un detalle menor, supongo.
El hombre también se quejó del gasto electoral mexicano, al que tildó de “el más caro del mundo”. Reconoció, eso sí, que la función fiscalizadora debe seguir en manos del INE.
“Sería la reforma más importante llevada a cabo en materia de fiscalización”
Una afirmación grandilocuente para una propuesta que llega con partes oscuras. La memoria es larga en este país: cada reforma electoral viene con la promesa de ser la definitiva. Y aquí estamos otra vez.
La presentación tuvo todos los elementos de un acto oficial pulcro: datos, cifras, una foto para la historia. Pero entre líneas, huele a lo de siempre: mucho ruido, pocas nueces y omisiones convenientes. El verdadero debate empieza ahora.




