El gran dilema energético llega a los laboratorios
La presidenta Claudia Sheinbaum acaba de lanzar una jugada maestra. En lugar de decidir desde su escritorio, está llevando uno de los debates más espinosos—la posible explotación de gas no convencional—directamente a los científicos. Es como si el guion político hubiera cambiado: ahora son los académicos quienes tienen la palabra.
El escenario es claro. México importa el 75% del gas natural que consume, casi todo desde Estados Unidos. Esa dependencia duele en términos de soberanía y bolsillo. Mientras tanto, bajo nuestro suelo podrían yacer reservas de este recurso que cambiarían el juego.
Pero aquí está el truco. Extraerlo implica técnicas como el fracking, un tema que levanta pasiones y protestas. Sheinbaum lo sabe. Por eso su movimiento no es un simple anuncio, es una estrategia narrativa perfecta.
“Que nos ayuden a tomar la mejor decisión posible para el futuro de México y para la soberanía nacional”,
expresó la mandataria al presentar al comité.
Un reparto de lujo para una obra crítica
No son cualquier grupo. La UNAM, el Politécnico, la UAM, el Instituto Mexicano del Petróleo… es como reunir a todos los sabios del reino para una misión crucial. El rector Leonardo Lomelí y el director Arturo Reyes Sandoval estuvieron ahí, en primera fila.
Su misión: analizar “bajo qué condiciones es factible o no” la explotación. Tienen dos meses para entregar su primer veredicto técnico. No se trata solo de si se puede, sino de dónde y cómo.
Sheinbaum ya puso sobre la mesa un posible escenario: Coahuila. Zonas con baja densidad poblacional que, en teoría, podrían facilitar las cosas. Pero—y este es un gran pero—la presidenta fue categórica.
“Nunca vamos a pasar por encima de ninguna comunidad”,
afirmó, aprendiendo de los errores del pasado donde proyectos colapsaron por falta de consenso.
Aquí es donde el drama se pone interesante. Por un lado, está la urgencia energética y la dependencia humillante del vecino del norte. Por el otro, están las comunidades, el medio ambiente y la promesa de una transición hacia energías limpias—que sigue en pie con la meta del 40% renovable.
Sheinbaum está caminando sobre una cuerda floja. Está usando a la ciencia como árbitro para un debate que divide aguas. Si el dictamen es favorable, tendrá un respaldo técnico sólido. Si es negativo, podrá decir que escuchó a los expertos.
Es política pura, disfrazada de metodología científica. Una forma elegante de desactivar una bomba social mientras busca soluciones a una vulnerabilidad estratégica. El telón se acaba de abrir en este nuevo acto. En dos meses sabremos hacia dónde gira la trama.




