Un espectáculo pirotécnico que nadie pidió
Los investigadores mexicanos, en un alarde de obviedad, se afanan en determinar la causa de un accidente que, spoiler alert, involucró a un camión cisterna cargado con la modesta cantidad de 49.500 litros de gas. ¿Qué podría salir mal? El resultado fue una explosión en una carretera principal que, con una eficiencia macabra, se cobró al menos ocho vidas y dejó heridas a otras 94 almas desprevenidas. Porque nada dice “buen viaje” como una bola de fuego inesperada.
Ante este desastre de proporciones épicas, la presidenta Claudia Sheinbaum salió al quite con el anuncio estrella de que se “fortalecerán” las medidas de seguridad. Una revelación revolucionaria, sin duda. Declaró que la Secretaría de Energía está “trabajando en el diseño” de estas nuevas medidas, una frase burocrática que, traducida al español coloquial, significa “ya pensaremos en algo, pero por ahora les damos nuestras vibras positivas”. Los detalles, como es tradición, brillaron por su ausencia.
El paisaje postapocalíptico de la improvisación
El siniestro del miércoles no se conformó con poco: incineró más de dos docenas de vehículos, creando una escena digna de una película de terror. Sobrevivientes con graves quemaduras deambulaban por la calle con la ropa hecha trizas, mientras los socorristas, los auténticos héroes de esta tragicomedia, se apresuraban a hacer lo que pudieran. Los heridos, en un detalle no menor, sufrieron quemaduras de segundo y tercer grado, porque en México hasta las tragedias se hacen a lo grande.
Esta tragedia, oh sorpresa, volvió a poner el foco en los miles de camiones que recorren el país cada día transportando gas licuado de petróleo. Un commodity del que dependen la mayoría de los hogares y negocios para actividades tan triviales como cocinar o calentar agua. Porque ¿qué es un poco de riesgo existencial diario comparado con la comodidad de una ducha caliente?
Los reguladores, esos seres míticos que aparecen después del desastre, soltaron la bomba: una revisión preliminar reveló que el camión carecía de un seguro actualizado para transportar material peligroso. Pero la Transportadora Silza, en un comunicado digno de un premio a la creatividad narrativa, afirmó en su cuenta de X que posee tres pólizas de seguro vigentes. Porque tres seguros vencidos o inexistentes son mejor que uno, ¿no? También anunció que activó “los protocolos”, ese conjuro mágico que las empresas invocan para simular control sobre el caos que ayudaron a crear.
Una historia que se repite más que el mal aliento
Aunque este accidente involucró a un camión cisterna de gran tamaño, en lugar de los pipones más pequeños que hacen entregas a domicilio, ambos han protagonizado una alarmante cantidad de accidentes mortales en la última década. Porque en el transporte de combustibles, la variedad es el condimento de la muerte.
En 2020, un doble remolque cargado con gas licuado decidió tomarse un descanso volcándose en una carretera de Nayarit. El resultado fue un incendio que se extendió con entusiasmo a otros vehículos, matando a 13 personas. En 2015, una fuga en un camión de propano más pequeño que hacía una entrega en un hospital de maternidad de la Ciudad de México permitió que el gas se colara en el edificio. La subsequent explosión mató a cinco personas e hirió a decenas. Porque nada asegura un nacimiento seguro como una deflagración controlada.
La alcaldesa de la Ciudad de México, Clara Brugada, actualizó el jueves el conteo macabro: la cifra de fallecidos por la explosión subió a ocho. Aún permanecen hospitalizadas 67 personas, 19 de ellas en estado crítico. Las listas de heridos leen como un catálogo de horror: algunas víctimas sufrieron quemaduras en el 100% de sus cuerpos. Entre los afectados, para añadir un toque de crueldad absurda, había un bebé y un niño de dos años. Mientras tanto, ciudadanos comunes acudieron a los hospitales a repartir alimentos entre los familiares, porque la solidaridad popular siempre termina supliendo las carencias del Estado.
El día del accidente, mientras los vehículos de emergencia corrían contra un tiempo que ya se había agotado y los médicos luchaban por salvar vidas, grupos de vecinos corrían para ayudar a sacar a las víctimas del fuego. Un recordatorio conmovedor de que, ante la ineptitud sistémica, el instinto humano de ayudar brilla con fuerza propia.
El accidente ocurrió en la carretera que conecta la Ciudad de México con Puebla, a la altura de Iztapalapa, el municipio más poblado de la capital. Porque si vas a tener un desastre de magnitudes bíblicas, mejor hacerlo donde haya el mayor número posible de testigos.
El eterno baile de las responsabilidades
El camión de gas volcado lucía orgulloso el logotipo de la empresa energética Silza. Sin embargo, en una llamada con The Associated Press, un funcionario de la compañía (que no quiso ser identificado, porque la valentía es opcional) negó rotundamente que el vehículo fuera de su propiedad. La empresa, en un ejercicio de comunicación ejemplar, no respondió de inmediato un correo electrónico solicitando comentarios. ¿Quién tiene tiempo para explicaciones triviales cuando hay que gestionar la crisis de imagen?
Pero la agencia federal encargada de regular la seguridad industrial en el sector de hidrocarburos, no se dejó impresionar por el silencio corporativo. Emitió un comunicado afirmando que Silza efectivamente no contaba con la documentación de seguro actualizada requerida para transportar material peligroso. Un mero detalle administrativo, seguramente.
En su ya famosa conferencia de prensa diaria, Sheinbaum expresó el jueves su más sentido solidaridad con los familiares de los fallecidos. Un sentimiento tan profundo como los bolsillos de las empresas que eluden regulaciones. Mencionó que las autoridades de salud, el Ejército, la Marina y Protección Civil están “apoyando en el caso”. Una movilización impresionante, sobre todo considerando que ocurre después de que el caso explotara literalmente en sus narices.
La Fiscalía de la Ciudad de México, por su parte, anunció que investiga el accidente del camión de gas que, según los primeros reportes (que suelen ser los más acertados), se volcó causando una explosión cuya onda expansiva dañó 32 vehículos. Además, la fiscalía informó que colabora con la Agencia Nacional de Seguridad Industrial para determinar si la empresa propietaria cumplía con la regulación correspondiente. Algo nos dice que ya intuyen la respuesta.
En un país donde la tragedia y la absurdidad bailan un tango macabro, este incidente se perfila como otro capítulo en el manual de “Cómo no gestionar el transporte de materiales peligrosos”. Las promesas de fortalecer la seguridad suenan tan reconfortantes y novedosas como las de ediciones pasadas, que curiosamente no impidieron que hoy escribiéramos esto. Porque la verdadera lección parece ser que, en México, la historia no solo se repite: a veces estalla en llamas.
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