El arte de la evasión política con toque sinaloense
En un giro argumental que ni los guionistas de Narcos: México se habrían atrevido a plasmar, el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, decidió que la confesión más bombástica del narcotráfico reciente es, simple y llanamente, “historia“. Así, sin más. Como quien dice “ya pasó, mejor hablemos del clima”.
El mandatario estatal, en un alarde de parquedad digna de un monje budista, intentó esquivar las preguntas de la prensa respecto a las declaraciones de Ismael “El Mayo Zambada“, quien, en un arranque de sinceridad inconveniente, admitió haber untado la palma de medio mundo político y policial durante décadas. “No me hablen de ese tema”, soltó Rocha Moya, como si los periodistas le estuvieran preguntando por su receta de cocina y no por una de las revelaciones más grotescas de corrupción institucional.
La doctrina del avestruz: si no lo ves, no existe
Ante la insistencia de los reporteros –qué pesados son, ¿no? queriendo hacer su trabajo–, el gobernador sacó a relucir el manual clásico del político acorralado: “Hay que presentar pruebas y denuncias”. Brillante estrategia. Porque, claramente, la palabra de uno de los narcotraficantes más buscados del planeta necesita ser respaldada por un notario y tres testigos para ser mínimamente creíble. ¿Acaso creían que con una confesión era suficiente? ¡Ingenuos!
Rocha Moya, con una serenidad que bien podría envidiar un jugador de póker profesional, se alineó con el criterio de la presidenta Claudia Sheinbaum. Por supuesto, porque cuando se trata de presuntas infiltraciones del crimen organizado en las esferas de poder, lo más sensato es esperar a que lleguen las denuncias formales. Seguro cualquier día de estos llegan por correo certificado.
Mientras tanto, en el mundo real, el gobernador prefirió cambiar de tercio y hablar de las maravillas que ocurren en Sinaloa. ¡Y vaya que hay! Resulta que, según sus cuentas de la lechera, la vida nocturna en Culiacán está en pleno apogeo. Qué alivio. Porque nada dice “recuperación de la tranquilidad” como poder salir a tomar una cerveza sin saber si balacearán el antro de al lado. Es el milagro sinaloense: balas por la day, discoteca por la night.
Para darle más empaque a su relato de prosperidad, el ejecutivo estatal sacó a pasear las estadísticas del INEGI. ¡Ah, las benditas cifras! Esas que muestran una mejoría en la percepción de la seguridad y una recuperación de empleos. Claro, porque cuando el narco paga mejor que el gobierno, técnicamente también se crean puestos de trabajo. Eso sí, con un plan de jubilación un poco más… terminal.
La universidad: el escenario perfecto para la distracción
Para rematar su performance, Rocha Moya eligió el campus de la Universidad Autónoma de Sinaloa como telón de fondo. Nada como un poco de aura académica para darle legitimidad a un discurso. Allí, entre futuros profesionistas, elogió la reingeniería financiera del rector Madueña Molina y habló de vida democrática interna y paridad de género. Temas loablemente aburridos que lograron desviar la atención de los pequeños detalles sobre sobornos institucionalizados.
En resumen, lo que tenemos aquí es una clase magistral de narrativa política. Cuando la realidad es tan incómoda que quema, lo mejor es declararla “historia”, mezclarla con datos optimistas y servirla con una guarnición de evasivas elegantes. Bon appétit.
¿El mensaje final? Todo está bajo control, las discotecas están llenas y, por favor, no pregunten sobre eso de los sobornos a menos que tengan un video firmado y notariado. Así es la nueva normalidad: donde lo anormal se normaliza con una sonrisa y una estadística favorable.
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