El glorioso vacío educativo en ocho estados
En un alarde de previsión ejemplar, ocho entidades federativas —Aguascalientes, Baja California Sur, Colima, Chihuahua, Durango, San Luis Potosí, Sinaloa y Tlaxcala— han decidido que prevenir la violencia de género en las escuelas es un detalle menor, algo así como el adorno opcional en un pastel que nadie pidió. Según un revelador informe de Mexicanos Primero y la Fundación Naná, estos estados han brillado por su ausencia de objetivos o estrategias en sus Programas Sectoriales de Educación. Porque, ¿para qué queremos lineamientos contra la violencia en lugares donde niñas, niños y adolescentes socializan y construyen sus primeras relaciones? Parece ser una estrategia audaz: dejar que los problemas se resuelvan solos, como si la violencia fuera un fuego que se apaga con pensamientos positivos.
Resulta que estos planteles, en lugar de ser santuarios de aprendizaje y convivencia, se han convertido en una especie de tierra de nadie pedagógica donde la prevención es una palabra exótica que aún no llega a sus diccionarios. Es como si los funcionarios educativos de estos estados creyeran que la violencia de género es un mito urbano, o quizás un tema que se soluciona con un par de pláticas aburridas una vez al año. Mientras tanto, las aulas siguen siendo el escenario perfecto para que los más jóvenes aprendan, por las malas, cómo normalizar conductas tóxicas.
El contexto: donde la realidad supera la ficción
Viviana Rodríguez, coordinadora de Monitoreo de Políticas Educativas de Mexicanos Primero, con una paciencia que merece un monumento, señaló que la escuela debería ser un entorno clave para hablar sobre relaciones de pareja y detectar riesgos tempranos. Claro, porque ¿qué mejor lugar para empezar que donde pasan la mayor parte de su tiempo? Pero, oh sorpresa, las cifras del Inegi pintan un panorama desolador: 7 de cada 10 mujeres de 15 años y más han sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja. Y, como si fuera un guion tragicómico, sólo una minoría busca ayuda institucional. ¿Será porque confían más en el horóscopo que en un sistema que las ignora?
Para rematar el cuadro, en el entorno escolar el 32% de las mujeres reporta haber vivido algún tipo de violencia, ejercida principalmente por sus compañeros hombres. Así es, en pleno siglo XXI, las aulas se parecen más a un campo de batalla no declarado que a un espacio seguro. Uno se pregunta si los responsables de educación en estos ocho estados viven en una burbuja donde creen que los niños y adolescentes resuelven sus conflictos con abrazos y canciones.
Consecuencias: porque ignorar el problema siempre sale bien
Rodríguez, con la elegancia de quien evita gritar “¡se los dije!”, destacó que la extinta Mejoredu ya había advertido sobre la importancia de tratar la violencia entre parejas desde edades tempranas. Resulta que las relaciones afectivas comienzan incluso en la primaria, no esperan a la universidad para hacer su debut dramático. Pero, ¿quién necesita escuchar a los expertos cuando se puede improvisar sobre la marcha?
La necesidad de que las escuelas incorporen herramientas pedagógicas para identificar ciclos de violencia y ofrecer acompañamiento oportuno es tan obvia como un elefante en una habitación pequeña. Mencionó los kits de primeros auxilios emocionales desarrollados por Fundación Naná, una idea tan brillante que duele pensar que no esté en todas partes. Imaginen: en lugar de curitas para raspones, herramientas para sanar heridas invisibles. Pero, claro, en estos ocho estados prefieren ahorrar en prevención y gastar después en lidiar con las consecuencias, porque ¿qué podría salir mal?
Al final, este vacío de políticas no es solo un descuido; es una irresponsabilidad institucional que perpetúa ciclos de violencia y manda el mensaje de que el bienestar emocional de los estudiantes es un lujo, no una prioridad. Mientras tanto, las cifras siguen aumentando, y los funcionarios educativos de estos estados probablemente sigan ocupados en reuniones interminables donde se discute todo, menos lo importante.
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