El discurso de la inclusión y los números que no cuadran
Leonardo Lomelí Vanegas, rector de la UNAM, salió con el guion de siempre. En el aniversario 60 del plantel 8 de la ENP, dijo que la universidad pública debe ser un “contrapeso frente a la exclusión”. Suena bien. Hasta noble.
“La UNAM tiene la responsabilidad de ser un contrapeso frente a la exclusión, ampliar el acceso a la educación… y acompañar a los jóvenes”
Ahí está el primer punto interesante. Habla de ampliar acceso cuando miles son rechazados cada año en el examen único. La cobertura en media superior supera el 80%, reconoce. Pero omite mencionar cuántos de esos jóvenes logran entrar a la máxima casa de estudios que él dirige.
Promete planes de estudio pertinentes y fortalecer competencias para la inserción laboral. Científicas, técnicas, digitales. El paquete completo. Es el mismo speech que hemos escuchado en administraciones anteriores. La pregunta es: ¿en qué se traduce?
Resalta los logros del plantel 8 como referente del sur de la CDMX. Científicos, artistas, activistas formados en seis décadas. Nadie lo duda. Pero celebrar un oasis no soluciona el desierto.
Lo más jugoso viene al final. Dice que la UNAM fue concebida para “incluir y proteger” a su comunidad, con mecanismos frente a discriminación o acoso. Aquí mi cinismo institucional se activa al máximo.
¿De verdad? Porque los mecanismos institucionales suelen moverse con la velocidad de un glaciar cuando se trata de proteger a estudiantes o trabajadores. La teoría es impecable. La práctica, históricamente, más complicada.
Lomelí concluye diciendo que los estudiantes son “la razón de ser” de la universidad. Un bonito cierre para un discurso de aniversario. Pero entre el deber ser declarado y la realidad cotidiana de miles aspirantes excluidos, hay un abismo que las palabras bonitas no salvan.
La UNAM como contrapeso suena maravilloso en un podio. Ahora falta ver si los hechos le siguen el juego al discurso.




