Un sector invisible que sostiene la vida
Las cifras son frías, pero cuentan una historia de desigualdad que duele. En México, 2.5 millones de personas se dedican al trabajo doméstico remunerado. De ellas, 9 de cada 10 son mujeres que ganan, en promedio, menos de 4 mil pesos al mes.
Son datos oficiales del INEGI que pintan un panorama desolador. Andrea Kenya Sánchez Zepeda y Leticia Aparicio Soriano, académicas de la UNAM, lo tienen claro: aunque hay avances legales como la seguridad social obligatoria, la deuda social sigue intacta.
Más allá del papel: el peso del estigma
“Se carece todavía de un reconocimiento básico de estas labores fundamentales que representan parte del cuidado y del sostén de la vida”, advierte Sánchez Zepeda.
Pero el problema va más allá de los contratos. Aparicio, mujer nahua del Valle de Tehuacán, pone el dedo en la llaga: los estigmas raciales pesan como losa.
“Trabajadora del hogar no es igual a indígena… Hay mujeres indígenas en la ciencia, en la academia, empresarias”, afirma con contundencia.
Sin embargo, reconoce que el estereotipo persiste: vincular a las mujeres indígenas con el servicio doméstico es una cuestión profundamente racializada.
Los números no mienten: mientras las mujeres ganan en promedio 3,767 pesos mensuales, los hombres perciben 4,399. La brecha salarial se suma a otras desigualdades: el promedio educativo es de solo ocho años de escolaridad.
“Los cambios legislativos son ficción si no hay quienes los exijan”, sentencia Sánchez Zepeda sobre la falta de exigibilidad real.
Términos como “la chacha” o “la muchacha” revelan prácticas discriminatorias que siguen vivas. Este trabajo sigue siendo territorio casi exclusivo de mujeres—conozco pocos hombres en este ámbito”, añade Aparicio.
Ambas expertas coinciden: falta visibilización, defensa real de derechos y promoción efectiva de equidad. La ley está escrita, pero el cambio cultural… ese sigue pendiente.




