El estruendo festivo que aterroriza a quienes no festejan
CIUDAD DE MÉXICO. Mientras los seres humanos brindan y se abrazan, celebrando con explosiones de colores que consideran “tolerables”, el reino animal vive su propia versión de una invasión alienígena. La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en un acto de obviedad científica que alguien tenía que señalar, alertó que para perros, gatos y compañía, el impacto auditivo de la pirotecnia es hasta cien veces mayor. Imagina escuchar un petardo no como un “bang”, sino como el estallido de un meteorito a medio metro de tu cabeza. Divertido, ¿verdad? No, si eres el que tiene las orejas sensibles y no entiende por qué el cielo se cae a pedazos.
De la hiperactividad al pánico: el catálogo de horrores
Los expertos de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia nos iluminan con perlas como que el ruido no se limita a un sobresalto. ¡Qué sorpresa! En realidad, las detonaciones pueden detonar (valga la redundancia) un festival de desórdenes conductuales: desde perros convertidos en proyectiles hiperactivos hasta gatos que adoptan una agresividad digna de un tigre y pequeños animales que intentan huir desesperadamente, a menudo chocando contra puertas o ventanas. Su organismo, ante un estímulo incomprensible y aterrador, activa todas las alarmas: corazón a mil, temblores incontrolables y una imperiosa necesidad de escapar que frecuentemente termina en lesiones autoinfligidas. Todo por nuestra necesidad de ver lucecitas en el cielo.
Por si el trauma auditivo fuera poco, la pirotecnia también regala un cóctel químico post-explosión. Polvo fino y compuestos irritantes que flotan en el aire, perfectos para dañar las vías respiratorias y los ojos sensibles de nuestras mascotas. Porque una intoxicación leve es el complemento perfecto para una noche de terror psicológico.
Víctimas colaterales: cuando el miedo no tiene dueño
Y he aquí otro dato que nos hace quedar como los villanos de la película: el sufrimiento no es exclusivo de los animales domésticos. La organización Animal Ethics y otros estudios señalan que la fauna silvestre y los animales de zoológico también son víctimas de nuestro júbilo explosivo. Aves que, desorientadas por el pánico, chocan contra edificios o abandonan sus nidos, alterando para siempre sus ciclos de alimentación y descanso. Animales silvestres que huyen aterrados de sus refugios. Un verdadero espectáculo de armonía con la naturaleza, sin duda.
Frente a este panorama desolador, los especialistas de la UNAM, haciendo el papel de bomberos apagando un incendio que nosotros encendimos, recomiendan medidas de contención de daños. La receta mágica: preparar un bunker interior en casa, con puertas y ventanas herméticamente selladas, algunos objetos familiares que huelan a calma y, si es posible, un fondo de sonidos suaves para enmascarar la batalla campal exterior. En casos de estrés severo, la recomendación estrella es, cómo no, acudir al veterinario. Porque al final, siempre hay un profesional que debe arreglar las consecuencias de nuestras “inocentes” tradiciones.
Así que la próxima vez que vayas a prender esa ristra de cohetes, piensa que para millones de seres vivos, no estás celebrando. Estás declarando la guerra. Un pequeño gesto de empatía—optar por espectáculos de luz silenciosos o simplemente disfrutar del silencio—puede cambiar radicalmente su noche. Comparte esta información y ayuda a crear conciencia sobre un festejo más responsable y compasivo para todos. Explora más contenido sobre bienestar animal y cómo ser un dueño o vecino más consciente.




