El dulce y lucrativo vacío fiscal de las bebidas electrolíticas
En un giro argumental que nadie vio venir, pero que todos podríamos haber imaginado, el secretario de Hacienda, Édgar Amador Zamora, se presentó ante el pleno de la Cámara de Diputados para la ya tradicional sesión de “preguntas incómodas y propuestas curiosas” sobre el Paquete Económico de 2026. Porque, ¿qué mejor manera de planificar el futuro del país que discutiendo los impuestos de una bebida que, al parecer, se ha estado riendo de las arcas públicas?
Resulta que, en un arrebato de lucidez fiscal, los diputados federales del Partido Verde y el Partido del Trabajo decidieron exhumar un tema jugoso: exhortaron al secretario a que, por favor, con todo favor, implementara impuestos a los Electrolit. Sí, esa misma bebida que usted ve en el Oxxo y que, según los ilustres representantes, disfruta de una vida de privilegios al no pagar gravámenes como el IEPS y, de paso, se salta las normas de salud con la elegancia de un futbolista en un penal. Su pecado capital: contener niveles elevados de azúcares, porque aparentemente hidratarse en este país es un deporte de alto riesgo metabólico.
La jugosa mina de oro (literalmente) que el fisco no ve
El diputado petista José Antonio López Ruíz, en un acto de generosidad digna de un filántropo, soltó la perla del día: un “dato para generar más dinero“. Con la seriedad de quien descubre agua mojada, nos iluminó: “El caso de Electrolit es muy puntual. Tienen 3.5% más azúcar que otras bebidas. En Estados Unidos se pagan impuestos. Y aquí en México no paga ni IVA ni IEPS”. ¡Tachán! La revelación que sacude los cimientos de la economía nacional. Según sus cuentas, que seguramente hizo en la calculadora de su celular, con este impuesto podríamos generar más de 5 mil millones de pesos para fortalecer al sector salud. Porque nada cura más una enfermedad que un buen chasco de dinero inesperado.
Pero el espectáculo no terminó ahí. Tomó la palabra el diputado Ernesto Núñez del Partido Verde, quien, con el rostro compungido de quien ha visto cosas que no puede olvidar, declaró: “México hoy enfrenta una crisis en la salud pública con niveles alarmantes de obesidad y diabetes“. Una obviedad tan grande que casi necesita su propio código postal. En ese contexto dramático, señaló que es “indispensable” que las políticas fiscales no generen privilegios indebidos. Claro, porque hasta ahora las políticas fiscales habían sido un modelo de equidad y justicia social, ¿verdad?
Lo mejor de su intervención fue la acusación de que ciertas bebidas con altas cargas de glucosa “se disfrazan de medicamentos para evadir impuestos y regulaciones”. Imagínense la escena: botellitas de Electrolit con batas blancas y estetoscopios, colándose en los hospitales para no pagar impuestos. Una trama tan elaborada que hasta James Bond se quitaría el sombrero. Núñez denunció un “abuso en la categoría” de “medicamento” por parte de estas bebidas electrolíticas, que se registran así para gozar de tasa 0% de IVA y esquivar los sellos de advertencia de la Secretaría de Salud. Una estrategia tan audaz que roza lo genial, si no fuera porque nos cuesta miles de millones.
Y aquí viene el dato que duele más que una resaca sin Electrolit: sólo en 2024, la marca Electrolit vendió más de 16 mil millones de pesos sin pagar gravámenes. Para que se hagan una idea, eso significa que en los últimos cinco años el fisco dejó de recaudar unos 12 mil millones de pesos: 9 mil millones por IVA y más de 3 mil millones por IEPS. Con esa cantidad, podríamos comprar tantos Electrolits que hasta nosotros podríamos empezar a evadir impuestos, completando así el círculo vicioso de la economía moderna.
La gran farsa de la rehidratación: cuando el remedio es peor que la enfermedad
Para darle un toque de drama científico, el diputado Núñez sacó a relucir la fórmula de rehidratación oral de la OMS, que contiene un modestísimo 1.35 gramos de glucosa por cada 100 mililitros. Y luego, con la solemnidad de un juez, reveló que estas bebidas comerciales alcanzan hasta siete veces más esa cantidad. Siete veces. Es decir, que por cada trago que das para “rehidratarte”, estás ingiriendo el equivalente azucarado de siete soluciones médicas. ¿No les parece que, en lugar de venderlo en tiendas, deberían hacerlo en ferias de atracciones junto a los algodones de azúcar?
Ante este escenario dantesco, los diputados no se quedaron de brazos cruzados. Ernesto Núñez presentó una propuesta para que las bebidas Electrolit porten sellos de advertencia “como corresponde”. Porque, al parecer, ver la botella llena de colores brillantes no es advertencia suficiente de que te estás tomando una bomba de glucosa. Su argumento fue que esta medida “no afecta a las alternativas más saludables”, sino que busca corregir una “distorsión fiscal y sanitaria”. O sea, quieren que la botella tenga tantos sellos que al final parezca el cuadro de mandos de un avión.
La pregunta del millón, la que seguramente muchos contribuyentes se hacen mientras llenan sus declaraciones con lágrimas en los ojos, fue lanzada al ruedo: “¿Cómo justifica Hacienda que mientras millones de contribuyentes cumplen puntualmente, empresas como Electrolit tengan estos privilegios?”. Una pregunta tan retórica que casi se responde sola. ¿Acaso las grandes corporaciones tienen un pase especial, como en los parques de diversiones, para saltarse las filas de las obligaciones fiscales?
Y en medio de este circo, la respuesta del secretario Édgar Amador fue tan predecible como el final de una telenovela: calificó la propuesta como “viable” y recordó, por si acaso alguien lo había olvidado, que los legisladores tienen la facultad de enriquecer el proyecto económico. Vamos, que les pasó la pelota con una sonrisa, en un acto de diplomacia que bien merece una medalla. “Sí, señores diputados, si quieren impuestos, pónganlos ustedes, que para eso están”. Y así, con esa elegancia burocrática, se cierra otro capítulo en la eterna batalla entre el sentido común y los vacíos legales.
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