La esperanza no entiende de fronteras
Madres de Cuba, Ecuador y Honduras llegaron a Tapachula con una misión clara: encontrar pistas de sus hijos desaparecidos en la ruta hacia Estados Unidos. No vinieron con abogados ni promesas políticas. Vinieron con fichas, fotografías y una determinación que no cabe en un expediente.
La brigada internacional recorrió los Ceresos de hombres y mujeres, esos lugares donde las autoridades suelen olvidar que hay seres humanos. También peinaron espacios públicos de Mazatán, otro punto caliente en la ruta migratoria del sur. Todo esto, después de que en diciembre de 2024 un grupo entero de migrantes se esfumara sin dejar rastro.
“No vamos a parar hasta saber qué pasó con ellos”, repiten las integrantes de la Red Regional de Madres y Familiares de Migrantes Desaparecidos, mientras muestran las fotos de sus hijos a cualquier persona dispuesta a mirar.
Las autoridades locales han sido contactadas, claro. Pero estas mujeres saben que el silencio institucional es un lujo que no pueden permitirse. Por eso, cada paso en los penales, cada conversación con otros migrantes, es una pieza en un rompecabezas que nadie más quiere armar.
La seguridad en la travesía hacia el norte es cada vez más frágil. Pero estas madres no se rinden. Porque la verdad, aunque duela, es el único camino hacia la justicia.




