Internacional
Venezuela intensifica ejercicios militares ante despliegue naval de EEUU
Las maniobras castrenses se intensifican mientras Caracas y Washington intercambian acusaciones en un escenario de alta tensión regional.
Venezuela no baja la guardia (y sube el drama)
Mientras tú y yo nos preguntamos si pedir sushi o pizza para cenar, el gobierno de Venezuela decidió que este miércoles era un día perfecto para jugar a los soldaditos, pero en la vida real. Esta vez, el escenario del ejercicio militar fueron los estados La Guaira y Carabobo. La justificación oficial, que suena más a argumento de una serie de Netflix que a política exterior, es prepararse para evitar que los sectores estratégicos del país se paralicen ante lo que llaman una “presunta agresión extranjera”. Básicamente, el FOMO pero aplicado a la geopolítica: el miedo a quedarse fuera de… bueno, de todo.
Y, por si no lo habías adivinado, el vecino ruidoso en esta historia es Estados Unidos. La tensión subió como el precio del aguacate cuando el gobierno estadounidense ordenó el despliegue de buques de guerra en aguas del Caribe, cerca de las costas venezolanas. Así que, naturalmente, la respuesta fue convocar a todo el equipo: elementos de las fuerzas armadas, milicias, policías y hasta líderes comunitarios afines al gobierno de Nicolás Maduro. Una junta de vecinos, pero con uniformes y, probablemente, más armamento.
El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, se convirtió en el narrador de este reality show en sus declaraciones a la televisión estatal. Afirmó que “Estos ejercicios son necesarios para que nuestro pueblo se instruya… evitar la parálisis” de los sectores clave. Traducción: quieren que todos sepan qué botón apretar (o desconectar) si la cosa se pone fea. Porque nada dice “preparación” como entrenar para un escenario apocalíptico que, esperemos, solo exista en sus cabezas.
Protegiendo lo más preciado: el petróleo y el WiFi
¿Y en qué consistió exactamente este entrenamiento hiperrealista? Pues en proteger todas esas cosas sin las que nuestra vida moderna sería un drama peor que quedarse sin batería en el celular. Se centraron en la protección de instalaciones petroleras, plantas petroquímicas, estaciones de servicio, gasoductos y depósitos de combustibles. Básicamente, todo el kit de supervivencia de la economía venezolana. Pero no se olvidaron de lo importante: también entrenaron para asegurar instalaciones eléctricas, telecomunicaciones y centros de salud. Porque si va a haber una crisis, al menos que haya señal para subir historias a Instagram.
El ministro Padrino, en su rol de gurú de la autoayuda geopolítica, soltó otra perla: “Todo eso hay que practicarlo para mantener el orden interno, porque las amenazas causan caos“. Y remató con: “Nosotros debemos orientar a la población, concientizar a la población de que el caos sería nuestro peor enemigo“. Un mensaje que, sin duda, tranquiliza más que un té de manzanilla. O no.
Todo este cirio castrense, que incluye la polémica incorporación de voluntarios civiles armados para apoyar a las fuerzas armadas, fue ordenado por el gobierno de Maduro desde septiembre. La chispa que encendió la mecha fue el despliegue militar estadounidense en el Caribe. Washington, por su parte, insiste en que su operativo tiene un objetivo muy específico: combatir a los cárteles de drogas latinoamericanos. O sea, para ellos es una misión antidrogas; para Caracas, el preludio de una invasión. Como cuando tu roomie dice que solo va a poner un cuadro y acaba redecorando todo el apartamento.
La trama se complicó el viernes cuando el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció lo que sería el cuarto ataque a una pequeña embarcación en el Caribe desde la llegada de sus barcos. La justificación de Washington es que estas embarcaciones “trafican droga” y que sus tripulantes son “narcoterroristas“, como los cuatro que fallecieron en el último incidente, según Hegseth. Un juego de acusaciones donde cada quien tiene su propio guion.
Mientras tanto, Maduro no se queda callado. Ha sido muy claro al afirmar que el despliegue naval estadounidense es una amenaza a la soberanía del país. Incluso ha denunciado que todo esto podría ser el primer acto de una presunta invasión para forzar un cambio de gobierno. Aunque, para ser justos, Estados Unidos no ha dado señales de planificar una incursión terrestre con los más de 4.000 efectivos que tiene en la zona. Por ahora, se limitan a navegar y lanzar comunicados, lo que genera más suspenso que un cliffhanger de temporada.
En un acto de gobierno televisado, Maduro, con la solemnidad de un protagonista de epopeya, declaró que “cada vez estamos más preparados para defender el suelo sagrado de Venezuela“. Y luego soltó un discurso que mezcla la retórica antiimperialista clásica con una lista de la compra de recursos naturales: en Washington “lo que quieren es una guerra en el Caribe y Suramérica para un cambio de régimen, para imponer un gobierno títere y robarse el petróleo, el gas, el oro”. Y remató con un mensaje directo al “imperio norteamericano“: sus recursos, “esta tierra y este pueblo seguirá siendo de los venezolanos”. Un mensaje que, sin duda, hará vibrar a su base, mientras el resto del mundo sigue el hilo en Twitter.
La cereza del pastel fue su advertencia final: “Si los ‘gringos’ (estadounidenses) atacan, responderemos… jamás permitiremos que nuestra patria sea vulnerada“. Una frase que resuena con ecos de otros conflictos, empaquetada para el consumo interno.
Y esto no ha terminado. Según destacó el ministro Padrino López, los ejercicios de protección en zonas estratégicas se extenderán en los próximos días a todo el territorio venezolano. Reiteró que el objetivo es estar listos para una presunta agresión desde el mar Caribe. Y aquí viene la parte que parece sacada de un thriller de espías: no descartan “la introducción de fuerzas especiales para acometer acciones disruptivas dentro del territorio nacional”, sabotajes a los servicios públicos, “sabotaje a las vías y a la distribución de alimentos, asesinatos selectivos, etcétera”. “Todo eso hay que ponerlo sobre la mesa“, sentenció. Un escenario tan catastrófico que hace que el caos del tráfico de Caracas parezca un picnic en el parque.
En resumen, el Caribe se ha convertido en el escenario de un pulso geopolítico donde los ejercicios militares y la retórica belicista son el pan de cada día. Mientras las potencias juegan sus cartas, la población espera, mira y, quizás, se pregunta cuándo la diplomacia volverá a estar de moda.
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Internacional
La UE prioriza el gasto militar en su paquete de ayuda a Ucrania
La UE destina 60.000 millones de euros a defensa ucraniana, condicionando el apoyo a reformas democráticas y lucha anticorrupción.
La UE prioriza el gasto militar en su paquete de ayuda a Ucrania
Bruselas ha desvelado los detalles de un plan financiero masivo para sostener a Ucrania durante los próximos años. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, confirmó este miércoles que la mayor parte de un nuevo programa de préstamos por valor de 90.000 millones de euros se destinará directamente a necesidades militares y defensivas.
El desglose es claro: 60.000 millones de euros (unos 70.000 millones de dólares) irán a apoyo militar, mientras que los 30.000 millones restantes se dedicarán a ayuda presupuestaria para estabilizar la economía ucraniana. Esto no es casualidad.
“Todos queremos la paz para Ucrania, y para eso Ucrania debe estar en una posición de fuerza”, declaró Von der Leyen al explicar la lógica detrás del gasto.
La estrategia europea se basa en una premisa simple pero costosa: la paz negociada solo llega desde una posición de fortaleza. Y construir esa fortaleza requiere armamento, equipamiento y una base industrial defensiva integrada con Europa.
Un paquete condicionado por reformas y contexto financiero
Pero el dinero no llega sin condiciones. Von der Leyen fue tajante:
“Estas condiciones no son negociables para ningún apoyo financiero”.
Ucrania debe emprender reformas democráticas profundas, con especial énfasis en el estado de derecho y la lucha contra la corrupción. Este punto es especialmente delicado dado el historial del país y las recientes tensiones internas, incluida la dimisión del jefe de gabinete presidencial Andrii Yermak tras una investigación anticorrupción.
El contexto financiero es apremiante. El Fondo Monetario Internacional estima que Ucrania necesitará unos 137.000 millones de euros entre 2026 y 2027. El paquete europeo cubre gran parte, pero no todo. La UE espera que otros aliados como Reino Unido, Canadá, Japón y Noruega ayuden a cerrar esa brecha, mientras el FMI prepara su propio préstamo multimillonario para el próximo mes.
El calendario es ajustado. La Comisión quiere que los fondos empiecen a fluir en abril, pero antes necesita el visto bueno de los países miembros y del Parlamento Europeo. Una vez aprobado, el dinero militar se usará principalmente para comprar equipos dentro del área económica europea (UE y países como Noruega), aunque se dejará una puerta abierta a adquisiciones fuera si resultan más efectivas.
Hay otro mecanismo interesante: en algunos casos, parte del dinero podría canalizarse a través de un esquema de la OTAN para que aliados europeos y Canadá compren armamento estadounidense y lo donen directamente a Kiev. Es un guiño a la interoperabilidad transatlántica.
La conclusión es clara: Europa está haciendo una apuesta estratégica a largo plazo. No se trata solo de mantener a Ucrania a flote económicamente, sino de fortalecer su capacidad defensiva mientras la ancla institucionalmente al bloque mediante reformas y una integración más profunda en su base industrial militar.
El mensaje subyacente para Moscú es tan económico como político: la UE está dispuesta a sostener este esfuerzo durante años, vinculando la reconstrucción futura al pago de reparaciones por parte de Rusia una vez finalice el conflicto.
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Internacional
Trump ordena a somalíes con TPS abandonar EE.UU. en marzo
La administración Trump cancela la protección a cientos de somalíes, en una medida que intensifica su agenda de deportación y genera protestas.
¡Temporal significa temporal! (Excepto cuando no)
Ah, la poesía burocrática. “La temporalidad significa temporalidad”, declaró con la solemnidad de un oráculo la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem. Qué frase tan profunda, tan filosófica. Casi tan profunda como el compromiso de esta administración con la coherencia. Porque, claro, cuando se trata de poner “a los estadounidenses primero”, ¿qué mejor manera que darle un ultimátum a 705 personas en un país de 330 millones? Una verdadera operación de seguridad nacional.
El gobierno del presidente Donald Trump anunció que pondrá fin al Estatus de Protección Temporal (TPS) para inmigrantes de Somalia. Sí, otra joya más en la corona de su agenda de deportación masiva. Porque nada dice “América First” como desestabilizar las vidas de cientos de personas que son, atención al dato, un “pequeño subconjunto” entre casi 1.3 millones de inmigrantes con TPS. Prioridades, ¿verdad?
Los somalíes afectados deben abandonar Estados Unidos antes del 17 de marzo, cuando expiren las protecciones existentes, extendidas por última vez por el expresidente Joe Biden.
Marzo. Una fecha límite perfecta. No muy lejana para causar pánico inmediato, pero lo suficientemente próxima para que planificar tu vida o tu huida sea un deporte extremo. Y todo esto ocurre mientras Minneapolis —hogar de una gran comunidad somalí— hierve por el asesinato de una manifestante a manos de un agente del ICE. Pura casualidad, sin duda.
La “mejoría” somalí y otras ficciones legales
El Departamento de Seguridad Nacional justifica la medida con un argumento que haría sonrojar a un novelista barato: las circunstancias en Somalia “han mejorado hasta el punto” de que ya no cumple los requisitos para el TPS. Me pregunto qué métricas usan para medir esa “mejoría”. ¿Menos balas por metro cuadrado? ¿Sequías ligeramente más cortas? Porque el pequeño detalle es que Somalia sigue siendo una de las naciones más pobres del mundo, asediada por décadas de conflicto crónico y desastres naturales.
Pero no me crean a mí. Crean al propio informe del Congreso de 2025, que señala que los somalíes habían recibido más de dos docenas de extensiones debido a la perpetua “inseguridad y el conflicto armado en curso que presentan serias amenazas para la seguridad”. ¿Serias amenazas? Bah, minucias. Probablemente solo sean exageraciones de quienes no entienden que “temporal” es un concepto flexible… hasta que a alguien se le antoja que ya no lo es.
Y aquí entra el toque personal del expresidente. Trump ha dirigido una retórica particularmente creativa contra los inmigrantes somalíes. Los ha acusado de defraudar programas federales y, en diciembre, soltó esta perla:
Dijo que no quería somalíes en Estados Unidos, afirmando que “vienen del infierno” y “no contribuyen en nada”.
Vienen del infierno. Una descripción geopolítica impecable. Sin distinciones entre ciudadanos y no ciudadanos, porque ¿para qué complicarse con detalles legales cuando tienes un buen eslogan?
La obsesión personal convertida en política pública
El capricho no termina ahí. Trump ha tenido palabras especialmente cariñosas para la representante Ilhan Omar, demócrata de Minnesota que emigró de Somalia siendo niña y es, oh sorpresa, ciudadana estadounidense. El mandatario ha sugerido repetidamente su deportación (genial idea, deportar a una congresista electa) y en un arrebato otoñal la llamó “basura”. Clase y elegancia desde la Oficina Oval.
Omar, quien ha criticado abiertamente el despliegue del ICE en Minneapolis, ha calificado esta fijación como “espeluznante e malsana”. Y uno piensa: ¿será que toda esta movida contra el TPS somalí es política pública meticulosa o simplemente el rencor personal escalado a nivel federal? Nunca lo sabremos… aunque las pistas apuntan fuerte a lo segundo.
El Congreso estableció el programa TPS en 1990 para ayudar a personas huyendo de condiciones inestables y amenazantes. Somalia recibió la designación en 1991 bajo George H.W. Bush debido a una guerra civil. Se ha extendido durante décadas porque —sorpresa— las condiciones inestables y amenazantes persistían. Hasta ahora, aparentemente.
Así que ahí están: cientos de personas atrapadas entre la retórica incendiaria de un expresidente obsesionado, una secretaria que repite eslóganes como mantras y un país de origen al que, según los papeles oficiales, ya no le pasa nada suficientemente malo como para merecer compasión.
Todo muy temporal. Todo muy absurdo.
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Internacional
Protestas y demanda judicial contra redadas de ICE en Minnesota
Estudiantes y activistas enfrentan redadas migratorias en Minneapolis, mientras autoridades estatales presentan demandas para detener las operaciones federales.
Tensión en Minneapolis por despliegue masivo de agentes migratorios
Las calles de Minneapolis se llenaron de tensión y gas lacrimógeno este martes. Agentes federales lanzaron gases y rociaron irritante contra activistas que protestaban cerca del lugar donde Renee Good fue fatalmente baleada la semana pasada por un agente de inmigración. Escenas caóticas se vivieron mientras un hombre se frotaba los ojos con nieve, gritando pidiendo ayuda, y agentes en un Jeep sin identificación rociaban el irritante naranja antes de alejarse.
“¿Quién no tiene silbato?”, gritó un hombre con una bolsa de ellos.
La protesta no fue aislada. En Brooklyn Park, estudiantes abandonaron sus aulas en solidaridad con el movimiento contra las operaciones migratorias, siguiendo el ejemplo de alumnos en otras partes del país. Este despliegue ocurre mientras Minnesota se convierte en el epicentro de lo que ICE describe como su mayor operación hasta la fecha, con más de 2,000 agentes enviados al estado.
La batalla legal se intensifica
Minnesota no se queda de brazos cruzados. El estado, junto con las ciudades de Minneapolis y St. Paul, presentaron una demanda contra el gobierno federal el lunes, buscando detener o limitar lo que califican como una “invasión federal” a las Ciudades Gemelas.
“Esto es, en esencia, una invasión federal de las Ciudades Gemelas en Minnesota, y debe detenerse”, afirmó el fiscal general del estado, Keith Ellison.
La demanda argumenta que el Departamento de Seguridad Nacional está violando protecciones constitucionales al enfocarse específicamente en un estado progresista que favorece a los demócratres. El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, fue contundente al describir el impacto:
“Lo que estamos viendo son miles —en plural— miles de agentes federales entrando en nuestra ciudad. Y, sí, están teniendo un impacto tremendo en la vida cotidiana”.
Mientras tanto, Brita Anderson, quien vive cerca y acudió a apoyar a amigos del vecindario, expresó su indignación al ver a agentes con equipo táctico completo:
“Sentí que la única razón por la que vendrían aquí es para acosar a la gente”, señaló Anderson.
Respuestas políticas y movilización nacional
La muerte de Renee Good —una madre de tres hijos de 37 años— ha desatado decenas de protestas y vigilias por todo Estados Unidos. Su caso simboliza la creciente tensión entre comunidades locales y las políticas migratorias federales.
El Departamento de Seguridad Nacional reporta más de 2,000 arrestos en Minnesota desde principios de diciembre y promete no retroceder. Tricia McLaughlin, portavoz del departamento, respondió a la demanda acusando a las autoridades estatales:
“El trabajo del presidente Trump es proteger al pueblo estadounidense y hacer cumplir la ley, sin importar quién sea su alcalde, gobernador o fiscal general del estado”.
Pero las críticas continúan. El gobierno federal defiende al agente que disparó contra Good argumentando defensa propia —una versión cuestionada por Frey, el gobernador Tim Walz y otros basándose en videos de la confrontación.
La reacción política se extiende más allá de Minnesota. En Massachusetts, dos legisladores demócratas anunciaron un proyecto de ley para facilitar demandas contra agentes federales acusados de violar derechos civiles —aunque tiene pocas probabilidades en un Congreso controlado por republicanos. En Wisconsin, la vicegobernadora Sara Rodríguez propuso prohibir operativos migratorios cerca de escuelas, hospitales e iglesias.
Lo que viene: Un tribunal federal deberá decidir si suspende las operaciones mientras continúan las protestas. La comunidad observa si la presión legal y social puede cambiar el curso de lo que muchos residentes ven como una presencia militarizada desproporcionada en sus barrios.
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