La ironía de gobernar con un bloqueador
Parece que el gobierno de Nepal descubrió, de la manera más brutal posible, que no se puede poner puertas al campo digital. O, en este caso, que intentar hacerlo puede terminar con 19 personas muertas y un ministro desempleado. Toda una lección de civismo y gestión pacífica de conflictos, ¿no creen?
Resulta que la brillante estrategia de las autoridades nepalesas para “garantizar que las plataformas estén adecuadamente gestionadas” consistió en apretar el botón de bloqueo a lo bestia. Facebook, X, YouTube… ¡Fuera! Porque, claro, ¿qué mejor manera de demostrar que eres un gobierno serio y responsable que silenciando a media población? La medida, que pretendía ser un ejemplo de regulación, se convirtió rápidamente en el manual de instrucciones de cómo incendiar una capital en tiempo récord.
Cuando la “responsabilidad” se aplica con balas
Las protestas no se hicieron esperar. Decenas de miles de personas, enfadadas como monjas sin misa, salieron a las calles de Katmandú para rodear el edificio del Parlamento. Y la respuesta del Estado fue tan sutil como siempre: disparos de la policía. Porque nada dice “escuchamos sus preocupaciones” como una lluvia de plomo. Al menos 19 personas pagaron con su vida el atrevimiento de creer que podían quejarse. El ministro del Interior, Ramesh Lekhak, quizás sintiendo que el ambiente se estaba calentando demasiado para su gusto, decidió que era el momento perfecto para renunciar. Una jugada maestra: primero ordenas la represión y luego te lavas las manos como Poncio Pilatos en un día ajetreado.
El proyecto de ley que impulsa el gobierno es, cómo decirlo, una joya de la censura disfrazada de preocupación por la “rendición de cuentas”. Básicamente, busca que las redes sociales se registren y sometan a la supervisión estatal. O, en cristiano: que el gobierno tenga la llave para cerrar el grifo de la disidencia cuando le convenga. Los críticos, esos aguafiestas, lo ven como una herramienta para castigar a los opositores. ¿Quién lo diría?
Las empresas recibieron avisos repetidos para registrarse. Algunas, como la madre de todas las distracciones, TikTok, y Viber, obedecieron sumisamente y siguen operando. Otras, como las de Meta (Facebook, Instagram, WhatsApp), Google (YouTube) y el excéntrico Elon Musk con su X, optaron por la táctica de la avestruz: esconder la cabeza y no responder a las solicitudes de comentarios. Quizás estaban demasiado ocupadas monetizando nuestros datos personales como para preocuparse por las pequeñeces de la libertad de expresión en un país del Himalaya.
La levantada de la prohibición, un día después de la masacre, huele a clásico “uy, nos pasamos tres pueblos”. Es el equivalente gubernamental de pedir disculnas después de incendiar la casa del vecino. Eso sí, eficacia no les falta: en una semana bloquearon las redes, provocaron una revuelta, mataron a casi veinte personas y echaron a un ministro. Alguien debería decirles que la productividad no se mide por el número de crisis generadas por hora.
La verdadera pregunta es: ¿aprenderán algo de este despropósito? Lo dudo. La tentación de controlar lo incontrolable es demasiado dulce para los gobiernos autoritarios. La próxima vez, quizás intenten bloquear el aire. Total, por algo se empieza.
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