El Ejército israelí justifica un doble ataque con un argumento que colapsa bajo su propio peso
En un giro que nadie se esperaba (o sí, porque esto ya es un deja vu macabro), el ejército israelí salió este martes a explicar por qué consideró buena idea bombardear dos veces el Hospital Nasser en Gaza. Su justificación: había una cámara de vigilancia de Hamas. Sí, leíste bien. Una cámara. No un arsenal, no un cuartel general secreto. Una cámara. La lógica militar, aparentemente, dicta que para neutralizar un dispositivo de vigilancia lo mejor es lanzar dos proyectiles de tanque contra un complejo médico lleno de civiles, pacientes y, oh, sorpresa, periodistas haciendo su trabajo.
El resultado de esta operación de precisión quirúrgica fue la muerte de 20 personas. Entre ellas, el camarógrafo de Reuters, Hussam al-Masri, quien estaba en medio de una transmisión en vivo cuando el primer proyectil impactó. Porque nada dice “estamos atacando una cámara enemiga” como eliminar primero a la cámara de un medio internacional. La ironía es tan densa que se podría cortar con un cuchillo.
La secuencia de eventos que no cuadra (para variar)
El relato oficial israelí es, siendo generosos, un desastre narrativo. Primero, bombardean el piso superior de un edificio del hospital. Luego, cuando trabajadores de la salud, periodistas y familiares suben por una escalera exterior para ayudar a las víctimas del primer ataque… ¡Boom! Segundo proyectil. Las imágenes de video muestran la escalera envuelta en humo y escombros. Dieciocho de las muertes ocurrieron en este segundo impacto. El ejército no detalló por qué disparó una segunda vez ni cómo identificó a supuestos combatientes entre la multitud desarmada que intentaba auxiliar a los heridos.
Para colmo, entre los seis que Israel identificó como combatientes había un trabajador de salud del propio hospital y un conductor de servicios de emergencia de la defensa civil. O sea, los mismos héroes que arriesgan sus vidas cada día son ahora blanco legítimo. Bassem Naim, un alto funcionario de Hamas, lo resumió con una lógica aplastante: “Si esta afirmación fuera cierta, hay muchos medios para neutralizar esta cámara sin atacar una instalación de salud con un proyectil de tanque”. Hasta un miembro de Hamas suena más sensato que el portavoz militar israelí en este tema. El mundo está al revés.
La condena internacional y el costo humano de una guerra sin límites
La ONU y una retahíla de organizaciones de derechos humanos han condenado el ataque. Thameen Al-Kheetan, portavoz de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, sentenció: “El asesinato de periodistas en Gaza debería conmocionar al mundo. No en un silencio atónito, sino en acción, exigiendo rendición de cuentas y justicia”. Pero vamos, ¿quién le hace caso a la ONU en estos días? Parece ser la pregunta retórica que se hace el gobierno de Netanyahu.
Esta guerra se ha convertido en una de las más letales para los trabajadores de los medios. Ciento ochenta y nueve periodistas palestinos han muerto por fuego israelí en Gaza en estos 22 meses de horror, según el Comité para la Protección de los Periodistas. El portavoz militar israelí, teniente coronel Nadav Shoshani, tuvo el descaro de decir que ninguno de los periodistas muertos era sospechoso de estar asociado con milicias y que no fueron atacados deliberadamente. Claro, fue solo un “desafortunado accidente”, como lo describió primeramente Netanyahu. Dos proyectiles de tanque contra un hospital… accidente. Suena a la excusa de un niño que rompió el jarrón de la abuela.
Mientras tanto, la ofensiva militar israelí continúa su curso implacable. Las cifras del Ministerio de Salud de Gaza, considerado por la ONU y expertos independientes como la fuente más confiable, hablan de 62.819 muertos. Israel cuestiona las cifras, pero no ofrece las suyas. La crisis humanitaria es apocalíptica: hambruna, desplazamiento masivo y ahora tres adultos más muertos por desnutrición, elevando a 186 el número de fallecidos por inanición desde finales de junio.
En Israel, la presión interna crece. Manifestantes queman neumáticos y claman por un alto el fuego que permita liberar a los cautivos que aún permanecen en Gaza. Netanyahu, en su burbuja de realidad alterna, insiste en que la ofensiva en Ciudad de Gaza es la mejor manera de debilitar a Hamas y traer de vuelta a los rehenes, una lógica que las familias de los secuestrados rechazan de plano. “Hay un buen acuerdo sobre la mesa. Es algo con lo que podemos trabajar”, dijo Ruby Chen, padre de uno de los rehenes. Pero Netanyahu parece más interesado en su legado bélico que en la diplomacia.
Todo esto ocurre bajo el paraguas envenenado de las leyes internacionales, que prohíben ataques a hospitales. Un hospital puede perder su protección si se usa con fines militares, pero los ataques deben ser proporcionales y se deben tomar medidas para proteger a los civiles. Dos proyectiles de tanque contra una multitud de socorristas y periodistas no suena muy proporcional que digamos. Suena, más bien, a una violación grotesca del derecho internacional humanitario.
Al final, el relato israelí sobre la cámara de Hamas se desmorona como un castillo de naipes. Lo único claro es que 20 personas más están muertas, añadiéndose a una lista interminable de tragedias evitables. La comunidad internacional mira, condena y sigue adelante. La maquinaria de guerra no se detiene.
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