La valentía que cambió las reglas del juego
Ana Luisa Peluffo no fue solo una cara bonita de la Época de Oro. Fue una fuerza. Nacida en Querétaro en 1929, esta semana nos dejó a los 96 años, pero su huella en la pantalla grande es imborrable.
Todo cambió con La fuerza del deseo en 1955. En una época donde ciertas cosas simplemente no se hacían, ella decidió hacerlas. Su desnudo no fue sugerencia del director ni capricho de producción.
“Peluffo nunca fue empujada por nadie a despojarse de la ropa frente a la cámara… lo hizo por convicción propia”
Para ella era arte puro. Una expresión estética, como posar para un pintor. Para el México de entonces fue un terremoto.
Del escándalo al símbolo
La reacción fue instantánea. Murmullos en el cine, reproches en la calle, incluso sobresalto en su propia casa. Su padre quedó impactado, aunque su madre defendió su decisión libre.
Pero entre las críticas también surgió algo nuevo: admiración. Algunos la llamaron “valiente”. Y ella, lejos de retroceder, duplicó la apuesta.
Filmó El seductor, La ilegítima, La Diana Cazadora – películas que se anunciaban “solo para adultos” con tono desafiante. El alboroto crecía, y con él su fama.
De pronto llenaba teatros. Se convertía en esa figura magnética que todo mundo quería ver pero pocos se atrevían a defender abiertamente.
Esa polémica que la puso en el ojo del huracán terminó abriéndole puertas internacionales. Trabajó en Italia, España e Inglaterra. Ella misma diría después que esas películas ayudaron a “sacudir al cine nacional”.
Como si hubieran corrido un velo que durante años lo mantuvo contenido.
Su carrera fue larga y diversa. Actuó junto a Tin Tan, Pedro Infante y hasta La Doña, María Félix. En los 70 llegó al Festival de Cine de Berlín con Flores de papel. Después conquistó la televisión con telenovelas como Lazos de amor.
Murió rodeada de sus seres queridos en Jalisco, dejando atrás nueve décadas de vida y seis de carrera.
Ana Luisa Peluffo pasó de ser la joven que escandalizó a una generación a convertirse en símbolo de una época. Bella, sí. Pero sobre todo decidida y dueña absoluta de su propia leyenda.




