El espejismo se desvaneció en Stamford Bridge
Se suponía que era la noche del resurgir. La pancarta que colgaba con orgullo antes del pitido inicial lo decía claro: ‘Campeones del Mundo’. Pero el fútbol, como la vida, te devuelve a la realidad cuando menos lo esperas.
“Chelsea se vio como un equipo del montón y no como un rival temible”, sentenció la crónica tras el 3-0 final. Un global de 8-2 que duele, que quema. No fue una eliminación, fue una lección.
Cuando los cimientos se resquebrajan
La historia se repitió, pero al revés. Si en París fueron los goles tardíos los que acabaron con las esperanzas, en Londres fue un huracán tempranero. A los seis minutos ya estaban abajo. A los quince, el partido parecía sentencia.
Algunos aficionados empezaron a marcharse tras el tercer gol, a los 62 minutos. Otros optaron por el silbido irónico, aplaudiendo pases básicos como quien señala lo evidente: esto no es suficiente.
En el banquillo, Liam Rosenior mordisqueaba su bolígrafo. La imagen del técnico, desconcertado mientras el PSG movía el balón a su antojo, resume la noche. Llegó en enero con aire fresco tras la salida de Enzo Maresca, el hombre que les dio ese título mundial en julio.
Pero el fútbol tiene memoria corta.
Los detalles que marcan la diferencia
Rosenior tomó decisiones valientes. Dejó fuera al experimentado Wesley Fofana y confió en Mamadou Sarr, un zaguerito de 20 años. El coste fue caro: un descuido del joven permitió el primer gol.
La semana anterior había sido el cambio de portero -Jörgensen por Sánchez- lo que derivó en error. Esta vez fue la defensa. Cuando buscas soluciones y todas te llevan al mismo problema, algo no funciona.
Esta es la tercera caída seguida para Rosenior. El equipo es sexto en la Premier, con ocho partidos por jugar. Todavía queda la Copa FA, sí. Pero las heridas de esta noche en Champions tardarán en cicatrizar.
Lo peor no es perder. Lo peor es dejar de parecerte a quien eras. Esa pancarta ahora cuelga de un pasado que, esta noche, se sintió muy lejano.




