El Monstruo Mexicano sirvió un banquete de golpes… y Yarde fue el plato principal
Parece que el apodo de “Monstruo Mexicano” no es solo para asustar a los niños. David Benavídez (porque aquí le pondremos la tilde que se merece) decidió que su sábado por la noche sería más productivo que el de la mayoría, y en sólo siete episodios –suena hasta como una miniserie de Netflix, pero con más moretones– le bastó para enviar al británico Anthony Yarde de vuelta a clases de defensa personal. Con este triunfo, Benavídez no solo defendió su corona semipesada del CMB, sino que también mantuvo su récord impoluto: 31-0, con 25 oponentes que probablemente aún ven estrellas.
La velada fue, en resumen, una demostración magistral de lo que ocurre cuando un tanque se enfrenta a una caseta de jardín. Desde que sonó la campana, Benavídez aplicó la estrategia más sofisticada del pugilismo: golpear, golpear y, cuando había duda, golpear un poco más. Su plan táctico fue tan claro como devastador; una presión constante que convirtió el cuadrilátero en un callejón sin salida para Yarde, quien pasó más tiempo buscando la lona con la mirada que planeando un contraataque serio. ¿Conectar golpes precisos? Eso es un eufemismo elegante para decir que le dio una paliza de manual.
Y la respuesta de los involucrados fue… bueno, lo que se espera que digan
Tras la función, David Benavídez, probablemente sin sudar ni una gota, expresó su “satisfacción”. Vamos, que estaba tan contento como un niño en una tienda de golosinas, pero con la madurez de un tipo que acaba de desmontar a un rival de élite. Anunció su intención de seguir defendiendo su título, lo que se traduce como una advertencia amable para el resto de la división: “El que siga, éntrele”.
Por su lado, Anthony Yarde, en un ejercicio de dignidad británica ejemplar, reconoció la “habilidad” de su verdugo. Es decir, admitió que le dieron una lección de boxeo. Prometió volver más fuerte, porque, ¿qué otra cosa va a decir? “Me voy a retirar a criar alpacas” no suena tan épico. Su determinación es encomiable, aunque uno se pregunta si lo que realmente necesita es un chaleco antibalas para la próxima.
Este espectáculo, que sin duda deleitó a los fanáticos, también dejó algunas consecuencias más allá de los hematomas. Para Benavídez, esto significa que su nombre se escribe ahora con letras más grandes en la división semipesada. Se consolida no solo como campeón, sino como el favorito a evitar. Su actuación fue una declaración de intenciones grabada a puñetazos. En cuanto a Yarde, demostró que tiene un mentón de acero… y que quizás eso no es siempre una ventaja cuando te llueven golpes. Su potencial está ahí, aunque después de esta noche, “potencial” sea sinónimo de “capacidad para recibir castigo”.
En el gran teatro del boxeo mundial, Benavídez acaba de representar un drama en un solo acto. Yarde fue un actor de reparto que olvidó su guión. La función ha terminado.
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