El Sueño de la Razón Produce Monstruos… y Goles en el Minuto 90
Ah, el fútbol. Ese deporte donde once tipos sudan la gota gorda durante 89 minutos para que un periodista deportivo como yo tenga que inventarse una epopeya de un solo disparo. Y vaya si la inventamos. Sí, señoras y señores, el Club América poco a poco recupera su nivel, o al menos eso nos repiten como un mantra hasta que nos lo creemos. Después del sonrojo monumental del Clásico Nacional (un evento que sus aficionados prefieren archivar en la sección de “accidentes de tráfico”), las Águilas han decidido que, en efecto, les gusta ganar. Han mostrado hambre, sangre, y esas ganas de demostrar que pueden ser de nueva cuenta un candidato. O, lo que es lo mismo, que han recordado cómo se marcan goles justo cuando el árbitro se lleva el silbato a los labios.
Hoy les tocó sufrir, digo, brillar, ante el Atlético de San Luis. El cuadro potosino había construido una muralla tan imponente que uno esperaba ver arqueros lanzando flechas desde las almenas. Su defensa fue perfecta, hasta que dejó de serlo. En un giro argumental que M. Night Shyamalan firmaría, un balón por lo alto, un cabezazo de “La Pantera” Zúñiga (que entró al partido como si llegara de un cóctel) y la llegada triunfal de Alex Zendejas bastaron para darle el triunfo a los de Coapa. ¿El resultado? Se colocan cuartos en la tabla con 21 puntos, pero lo más importante, la confianza ha vuelto. Qué cosa más voluble, la confianza. Se pierde con una derrota y regresa con un gol en el minuto de descuento. Casi nada.
Dominio Estéril y un Búfalo en el Dique Seco
América fue el equipo que dominó el encuentro, se adueñó del campo y de la pelota. Es decir, tuvo la posesión del esférico con la misma efectividad con la que un niño pequeño “posee” un supermercado entero: mucho ruido y pocas nueces. Tener el balón no significó producir peligro real sobre la portería de Andrés Sánchez. El onceno que alineó el estratega André Jardine, con la ausencia de su joya francesa Allan Saint-Maximin en el inicio, tuvo la intención de ser profundo. Las carreras de Brian Rodríguez y Víctor Dávila parecían más un desfile de modas que una ofensiva real: mucho movimiento, pero poca concreción para alimentar a Rodrigo “El Búfalo” Aguirre.
Hablando del diablo, o del búfalo, la mala noticia del primer tiempo fue su salida. No por lesión muscular, oh no, eso sería demasiado común. Aguirre tuvo que abandonar el terreno de juego debido a una grave inflamación en su ojo izquierdo, producto de un encontronazo con el guardameta rival. Uno se pregunta si en el banquillo le ofrecieron un filete crudo o si simplemente decidió que era un buen momento para evitar ver la falta de ideas en ataque. Su salida, irónicamente, fue la mejor jugada del América, pues dio paso a la entrada de Zendejas.
El Francés Distrae, el Mexicano Anota
La segunda parte fue un dechado de… bueno, de más de lo mismo, pero con más nervios. Jardine, en un arranque de valentía o desesperación, realizó tres cambios simultáneos. Entraron Álvaro Fidalgo, Zúñiga y el tan esperado Saint-Maximin. La entrada del galo generó ese cosquilleo en el espectador, esa esperanza de que un jugador mágico resolvería el entuerto. Y, efectivamente, el equipo se volvió más peligroso. Tan peligroso que incluso llegó a marcar un gol que, por supuesto, fue anulado porque la pelota, con una mente propia, decidió salir del campo antes de la asistencia. Una metáfora perfecta de la tarde.
Mientras todos los focos, cámaras y neuras de los comentaristas estaban puestos en Saint-Maximin, del otro lado del área, como un fantasma que nadie invitó a la fiesta, apareció Alex Zendejas. En el momento justo, en la jugada precisa, definió con una categoría que contrastaba con los 90 minutos previos de fútbol gris. Un gol agónico, dramático, y sobre todo, tremendamente efectista. Justo el tipo de gol que hace que los directivos se froten las manos y los aficionados olviden los anteriores 89 minutos de sopor. Las Águilas volvieron a gritar su presencia. ¿Que si hay que tomarlos en serio? Después de esto, no queda más remedio. Al menos, hasta el próximo tropiezo.
¿Fue suerte o fue carácter? La eterna pregunta. Lo único indiscutible es que los tres puntos viajan a Coapa, y la narrativa del “América que sufre pero gana” tiene combustible para otra semana. Una victoria trabajada, sudada y, sobre todo, tardía. Justo como les gusta.
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