El veredicto que nadie se esperaba (o sí, porque es la norma)
Parece que en la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (o TEPJF para los cuates que no tenemos tiempo de decir el nombre completo) el concepto de ‘acordeón’ no es tan grave como nos hicieron creer en la primaria. En una jugada que ha dejado a más de uno con la ceja arqueada, los magistrados dieron el sí a la validez de la elección del Tribunal de Disciplina Judicial. ¿La razón? Aunque aparecieron 87 acordeones físicos y otros 255 en formato digital (sí, hasta en esto hay versión 2.0), la corte determinó que no había evidencia suficiente de que estos hayan sido distribuidos masivamente. Básicamente, es como encontrar el examen final filtrado en un grupo de WhatsApp pero asumir que nadie lo vio porque no hay capturas de pantalla de everyone read. La votación final fue tres a favor y dos en contra, porque un drama judicial sin división no es un drama completo.
El magistrado Felipe de la Mata fue el encargado de soltar la perla de la lógica: la mayoría de las pruebas físicas eran de la CDMX, por lo que, en su mente, no podían probar una estrategia a nivel nacional. O sea, si no trendeó en Twitter, no cuenta. Él mismo sugirió que podrían haber hecho entrevistas para investigar, pero aparentemente ese nivel de detective no estaba en el presupuesto. “Tales elementos no acreditan nada más allá de su existencia”, declaró, en lo que podría ser la descripción perfecta de mi perfil de Tinder.
La sospecha vs. la prueba contundente
La magistrada presidenta Mónica Soto le bajó el tono al escándalo al tacharlo de “mera sospecha”. Según ella, no hay indicios de que los acordeones se usaran durante la elección. “No hay una sola prueba”, remarcó, dejando en el aire la pregunta existencial: ¿y si los imprimieron después de la jornada electoral solo por aesthetic? Su punto es que, sin evidencia de uso o impacto, anular una elección es como cancelar un concierto por rumores de que el artista podría cantar mal. No se hace.
Por su lado, el magistrado Felipe Fuentes argumentó que las pruebas eran “insuficientes e impertinentes” (término que robaré para mis próximas discusiones familiares). Para él, especular sin detalles concretos sobre el tiempo, modo y lugar de la distribución es como armar una teoría conspiranoica con solo memes: divertido, pero no sustentable en un tribunal. “No es posible declarar la nulidad a partir de especulaciones”, sentenció, descartando la necesidad de lo que llamó una “prueba diabólica”, aunque suena a que le faltó decir “ya estuvo, ahí déjenlo”.
Pero no todo fue unanimidad en el club de magistrados. El magistrado Reyes Rodríguez llevó la contra y criticó que el proyecto prácticamente exige probar que los acordeones se usaron en cada casilla, que los votantes los leyeron y que cambiaron su voto por culpa de ellos. O sea, pedían un documentary de Netflix con testigos y recreaciones dramáticas para tomarse en serio la queja. Rodríguez señaló que, en cambio, se asumió que los acordeones fueron hechos por la ciudadanía, lo que suena a que nos están diciendo que el pueblo es muy listo para seguir instrucciones, pero no tanto para confiar en su voto.
En resumen, lo que tenemos aquí es un pulso entre la sospecha generalizada y la necesidad de pruebas irrefutables. En un mundo donde todo se viraliza en segundos, la justicia electoral mexicana parece aplicar la vieja confiable: si no hay video, no pasó. Y aunque suene frustrante para los amantes del drama, la realidad es que anular una elección es algo serio (o eso dicen). Eso sí, quedan varias dudas flotando: ¿realmente no hubo impacto o simplemente no se supo investigar? ¿Los acordeones eran tan malos que nadie los usó? El misterio continúa, pero por ahora, el show debe continuar.
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